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	<title>No hi ha dret(s) &#187; Articles Diagonal</title>
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		<title>¿Existe el derecho al escrache?</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Mar 2013 17:35:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nohihadret</dc:creator>
				<category><![CDATA[Articles Diagonal]]></category>
		<category><![CDATA[escrache]]></category>
		<category><![CDATA[PAH]]></category>

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		<description><![CDATA[La decisión de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) de “escrachar”  o señalar públicamente a los diputados que rebajen las propuestas recogidas en su iniciativa legislativa popular está generando un encendido debate público. Para algunos, este tipo de señalamiento es un método legítimo de protesta. Sobre todo cuando existe una vulneración sistemática de [&#8230;]]]></description>
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<p><a href="http://www.diagonalperiodico.net/movimientos/la-pah-anuncia-madrid-su-campana-escraches-para-se-apruebe-la-ilp.html">La decisión de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) de “escrachar”</a>  o señalar públicamente a los diputados que rebajen las propuestas recogidas en su iniciativa legislativa popular está generando un encendido debate público. Para algunos, este tipo de señalamiento es un método legítimo de protesta. Sobre todo cuando existe una vulneración sistemática de derechos y las instituciones permanecen bloqueadas. Para otros, en cambio, los “escraches” son una forma inadmisible de violencia y de coacción sobre las autoridades. <strong>El diputado del PP, Esteban González Pons, ha llegado a afirmar que se trata de una práctica delictiva, mafiosa</strong>, similar a la que utilizaban “los nazis con los judíos”. <a href="http://www.diagonalperiodico.net/panorama/desahucios-ponen-al-pp-la-defensiva.html">Y la propia Delegada del Gobierno de Madrid, Cristina Cifuentes, ha vinculado a la PAH con el “entorno de ETA”. </a></p>
<p>Los diputados y senadores no son ajenos a esta situación. Amparados en la disciplina de partido, viven en un confortable anonimato decisorio. La inmensa mayoría de la población no conoce sus nombres ni cómo vota En realidad, el debate sobre la legitimidad del escrache no puede hacerse en abstracto. Como es sabido, <a href="http://www.diagonalperiodico.net/global/si-no-hay-justicia-hay-escrache.html">esta modalidad de protesta nació en Argentina</a> con un doble objetivo. Por un lado, dar respuesta a la falta de actuación estatal en el esclarecimiento de los crímenes cometidos durante la dictadura. Por otro, <strong>hacer visibles en el espacio público a quienes, beneficiándose de dicha impunidad, pretendían pasar inadvertidos</strong>. Si se compara la situación argentina con la española, surgen algunas diferencias evidentes. Parece excesivo, por ejemplo, comparar las desapariciones y asesinatos masivos provocados por la dictadura argentina con el “genocidio financiero” simbólicamente denunciado por la PAH. Del mismo modo, <a href="http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/03/27/actualidad/1364370755_731224.html" rel="nofollow">podría resultar desmedido equiparar a los responsables de crímenes de lesa humanidad con los miembros de un grupo parlamentario</a> o que no está dispuesto a aprobar a una iniciativa legislativa popular.</p>
<p>Con todo, tampoco pueden minimizarse las similitudes. La política hipotecaria y habitacional actual puede no ser culpable de “genocidio”. Pero sí de una vulneración sistemática de derechos que afecta a cientos de miles de personas, incluido menores, y que a menudo se traduce en situaciones vejatorias y hasta en suicidios. <strong>La ilegalidad de esta situación ha tenido que ser señalada por la ONU y por el Tribunal de Luxemburgo</strong>, ante la inacción del Gobierno, del parlamento y del propio Tribunal constitucional. Los diputados y senadores, incluidos los del PP, no son ajenos a esta situación. Son quienes marcan las reglas del juego que la hacen posible. Y sin embargo, apenas responden por estas violaciones a título individual. Amparados en la disciplina de partido, viven en un confortable anonimato decisorio. La inmensa mayoría de la población no conoce sus nombres ni cómo votan. Las protestas ciudadanas no les afectan en términos personales. Y sus mandatos, a diferencia de lo que ocurre en otros países, ni siquiera pueden ser objeto de revocación ciudadana.</p>
<p>Es esta objetiva ausencia de controles sociales, sumada a su condición de cargo público, la que hace que un parlamentario deba soportar un escrutinio crítico más severo que el resto de las personas. Incluso fuera del parlamento. Esto no quiere decir que el escrache no esté sujeto a límites. La violencia física, la intimidación grave y el insulto personal son formas de protesta que no cuentan con cobertura legal. Pero los poderes públicos no pueden invocar coacción, violencia, o peor, proto-terrorismo, cada vez que se los incomode. La ONU y el Tribunal europeo de derechos humanos se han cansado de repetir que la libertad de expresión y de manifestación no se limita a proteger la crítica educada o la que no molesta, sino sobre todo la que puede “ofender, resultar ingrata o perturbar”. Enviar correos electrónicos a un cargo electo, abuchearlo, tocar el timbre de su casa para entregarle una carta o <strong>gritarle consignas hirientes, pero con fines políticos, puede sin dudas causar molestias. Pero forma parte de las cargas que ha de aceptar en un régimen que se pretenda democrático</strong>. Sobre todo cuando se trata de medidas adoptadas por colectivos sin fuerza para contrarrestar la constante presión que sobre las instituciones ejercen bancos y grandes promotores.</p>
<p>Los poderes públicos no pueden invocar coacción, violencia, o peor, proto-terrorismo, cada vez que se los incomode</p>
<p>Claro que hay derechos ajenos ante los que este tipo de protesta debería detenerse. Pero incluso si no lo hace, eso no autoriza a descargar sobre ella cualquier reproche penal. Un insulto, puede ser una falta, pero no un delito. Arrojar pintura o romper un cristal cuando se tiene una deuda que asfixia, pueden ser delitos, pero delitos leves o con atenuantes. El escrache, como toda crítica, puede generar excesos. Pero <strong>hay un peligro mayor: su demonización preventiva o su criminalización indiscriminada</strong>. A pesar de situación, los afectados por la estafa hipotecaria han exhibido una paciencia y una contención notables. Si cuando levantan la voz para exigir compromisos concretos con su drama se los acusa de nazis y de kale borroka, hasta los votantes del Partido Popular deberían comenzar a preocuparse.</p>
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<p>Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/la-plaza/existe-derecho-al-escrache.html</p>
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		<title>Catalanismo y anarquismo</title>
		<link>http://www.nohihadret.cat/2012/12/catalanismo-y-anarquismo/</link>
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		<pubDate>Fri, 07 Dec 2012 18:19:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nohihadret</dc:creator>
				<category><![CDATA[Articles Diagonal]]></category>
		<category><![CDATA[anarquisme]]></category>
		<category><![CDATA[Catalunya]]></category>
		<category><![CDATA[independencia]]></category>

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		<description><![CDATA[El crecimiento del soberanismo en Catalunya ha generado un cierto desconcierto entre algunos activistas sociales y personas que se consideran de izquierdas o libertarias. Para mucha gente proveniente de estos sectores, el independentismo es un invitado incómodo, una invención artificial que solo puede explicarse a partir de la irresistible capacidad hipnótica de la derecha catalana. [&#8230;]]]></description>
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<p>El crecimiento del soberanismo en Catalunya ha generado un cierto desconcierto entre algunos activistas sociales y personas que se consideran de izquierdas o libertarias. Para mucha gente proveniente de estos sectores, el independentismo es un invitado incómodo, una invención artificial que solo puede explicarse a partir de la irresistible capacidad hipnótica de la derecha catalana. Una percepción asentada en ciertos tópicos historiográficos que vinculan el catalanismo exclusivamente con la burguesía. De ahí la reacción, entre paternalista e irritada, cuando alguien sugiere que esta es una alternativa legítima incluso para personas que también se definen como de izquierdas o libertarias y que están a favor del internacionalismo y de la solidaridad ’entre los de abajo’. Algo de este enfado, precisamente, puede detectarse en el artículo publicado en DIAGONAL hace unos días por Mauricio Basterra, &#8220;seudónimo de un historiador madrileño del anarcosindicalismo&#8221;.</p>
<p>En el escrito de marras, el misterioso Basterra denuncia el descaro de algunas posiciones indepentistas o nacionalistas –la distinción no parece resultarle relevante– que no dudaban en &#8220;manipular, malversar o malinterpretar&#8221; el pasado para &#8220;justificar posiciones presentes&#8221; ¿El motivo de la acusación? Una cita, en su opinión descontextualizada, del dirigente anarcosindicalista de Lleida, Salvador Seguí, en la que este aparecería aceptando o simpatizando con el independentismo. ¿Los acusados? David Fernández, cabeza de lista de la independentista Candidatura d’Unitat Popular (CUP) por Barcelona y, de manera más indirecta, los autores de estas líneas.</p>
<p>Según Basterra, las frases protoindependentistas atribuidas a Seguí estarían interesadamente desgajadas de un discurso más amplio pronunciado por el Noi del Sucre en el Ateneo de Madrid, en octubre de 1919. En él, éste dejaría claro que no había cuestión catalana alguna y que para el proletariado la única cuestión relevante era la social, provocada por el capitalismo. En realidad, dice Basterra, el anarcosindicalismo nunca fue partidario de la independencia, y &#8220;poner a Seguí o a otros como referentes es meterse en un jardín difícil de justificar&#8221;. Vedada por inverosímil toda raíz obrera, Basterra invita a los independentistas a conformarse con algunas distinguidamente pequeño-burguesas: Companys, Layret, Macià o&#8230;. Tarradellas.</p>
<p>En realidad, la cuestión de los &#8220;palabras verdaderas&#8221; de Seguí no es sencilla de elucidar. Seguí no era un un ideólogo, era un dirigente popular. Básicamente exponía sus ideas de forma oral o a través de la prensa. Y lo hacía siempre en función de la coyuntura, como correspondía a alguien con vocación organizadora. Del discurso que pronunció en el Ateneo de Madrid existen, llamativamente, varias versiones –sería interesante saber de dónde proviene la de nuestro historiador–. La cita de David Fernández se corresponde con la reproducida, en catalán, por Pere Foix, amigo de Seguí y militante de la CNT, en su libro Apòstols i mercaders, publicado en su exilio montevideano en 1949. Allí, Seguí critica duramente el nacionalismo de la burguesía catalana y sostiene que, de producirse la independencia, esta sería la primera en echarse atrás. A diferencia de los trabajadores, a quien &#8220;la independencia de nuestra tierra no nos da miedo, porque con ella ganaríamos más de lo que perderíamos&#8221;.</p>
<p>Se ha dicho que Foix –que siendo anarcosindicalista llegó a acercarse en su momento a ERC– tendía a exagerar el catalanismo del Seguí. Es posible. Pero lo que no puede negarse es que este existiera. En términos historiográficos, es sabido que Seguí, al igual que Foix y otros dirigentes anarcosindicalistas importantes como Joan Peiró –el Noi del vidre– frecuentaban de manera asidua grupos republicanos y catalanistas. Seguí, por ejemplo, se reunía asiduamente con Companys y Layret –que fueron abogados de rabassaires y de obreros cenetistas– y llegaron a compartir cárcel durante la dictadura de Primo de Rivera.</p>
<p>Ciertamente, Seguí nunca hizo de la independencia su principal objetivo político –como el propio Basterra reconoce, ni siquiera Companys era &#8220;independentista&#8221; en sentido estricto: cuando proclamó la república catalana lo hizo con el propósito de integrarla, en condiciones de igualdad, en una república federal española–. Pero tampoco consideraba, ni mucho menos, que fuera el enemigo a batir. Por el contrario, para Seguí, como para buena parte de los anarcosindicalistas de su tiempo, una Catalunya liberada de la monarquía española podía ser perfectamente amiga de todos los pueblos de la península hispánica –no en vano la CNT era una &#8220;confederación&#8221;–.</p>
<p>Naturalmente, esto no quiere decir que todo el anarcosindicalismo tuviera vínculos igualmente intensos con el catalanismo, e incluso con algunas de sus expresiones partidarias. Lo tuvieron, de distinta manera, dirigentes que –como Seguí, Pestaña, Peirò o Foix– no veían con malos ojos la idea de crear un nuevo partido con obreros organizados en los sindicatos de espíritu bakuninista. Esta visión estratégica, por ejemplo, le valió a Seguí severas reconvenciones por parte de sectores anarquistas ’puros’. Fue acusado de &#8220;desviacionismo&#8221; y de &#8220;politicismo&#8221;: una posición muy criticada, de hecho, durante la hegemonía de la FAI. Pero también le granjeó el reconocimiento de socialistas y de comunistas contrarios a Stalin. El catalanista Jordi Arquer, o el también dirigente del POUM, Joaquín Maurin, dieron buena muestra de ello. Maurin, de hecho, creía que la hegemonía de la derecha catalana en la cuestión nacional sería pasajera, ya que en un contexto de radicalización democrática acabaría pasando a manos de los trabajadores. De ahí que fuera partidario firme del derecho a la autodeterminación de los pueblos –incluida la secesión– como condición para cualquier unión posterior, libre y entre iguales.</p>
<p>Si Basterra criticara a Seguí desde posiciones similares a la de muchos anarquistas ’puros’ de su tiempo, no habría nada que objetar. Lo que no es de recibo es hacer pasar al anarcosindicalismo in totum por un movimiento ajeno a la cuestión nacional y doctrinariamente hostil a la independencia, cualquiera que sean las circunstancias. Como bien ha señalado Benedict Anderson las relaciones entre anarquismo y luchas de liberación nacional suelen ser complejas. En la Catalunya de inicios del siglo XX, muchos libertarios y libertarias vieron en la autodeterminación una reivindicación a la que no cabía entregar, quizás, todas las energías pero tampoco oponerse por principio.</p>
<p>Al igual que Companys y que muchos socialistas o comunistas catalanes, no pocos de ellos consideraban que una república catalana –a la que la gran patronal tenía fundadas razones para temer– podía ser un instrumento para quitarse de encima a la monarquía y acercar a las clases trabajadoras ibéricas. Más de un siglo después, con la segunda restauración borbónica tocada en su línea de flotación por la crisis capitalista, estas tendencias han evolucionado y se han transformado, pero no han desaparecido. Hoy también existen, no solo en Catalunya sino además en Euskadi o Galiza, personas que se consideran de izquierdas y libertarias. Y que entienden; uno, que la cuestión social y nacional no pueden separarse; y dos, que solo a partir del ejercicio del derecho a decidir, en lo político y en lo económico, será posible articular una auténtica solidaridad entre las y los de abajo. Que algunos lo hagan desde posiciones independentistas, federalistas o confederalistas, no quiere decir que asuman acríticamente las estructuras de Estado o el tipo de europeísmo al que aspiran la derecha. Por el contrario, su punto de partida suele ser la apuesta de una institucionalidad alternativa a la existente, regida por algunos principios internacionalistas innegociables, como el rechazo de todo tipo de racismo, xenofobia y colonialismo.</p>
<p>Si todo se ciñera, como parece sugerir Basterra, a un avieso ejercicio de descontextualización de una frase pronunciada en 1919, costaría entender que la CUP haya llevado como cabeza de lista por Tarragona a un militante de la CGT. Y que Diego Cañamero, miembro del Sindicato Andaluz de Trabajadores, haya defendido, como orador en el mitin central de esta formación en Barcelona, la necesidad de combinar la lucha contra el feroz capitalismo de nuestro tiempo con el respeto a la exigencia democrática de autodeteminación. O la presencia y fuerza social de colectivos anarcoindependentistas como Negres Tempestes. Que esta no sea o no haya sido históricamente la posición de todas las corrientes anarcosindicalistas, no autoriza a eliminar la complejidad de la cuestión. Lo contrario sería, sí, &#8220;manipulación y malversación&#8221; histórica. Ese pecado odioso que nuestro camarada madrileño atribuye al nacionalismo catalán pero del que nadie, por muy libertario que se defina, está exento.</p>
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		<title>¿Quien teme el derecho a decidir?</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Nov 2012 10:50:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nohihadret</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La iniciativa catalana de someter a referéndum su permanencia o no en el Reino de España ha desatado todo tipo de resistencias. Las más cerriles han provenido del nacionalismo español de derechas, desde donde se ha exigido responder a la iniciativa con el código penal, como en tiempos de Aznar, cuando no directamente a través de la intervención militar. Con todo, <strong>también una parte de la izquierda ha descalificado la propuesta</strong>, sosteniendo que se trata de una simple estrategia de distracción del nacionalismo catalán conservador, que expresa una insolidaria exigencia de ricos, que debilita las resistencias populares contra el capitalismo financiarizado. <strong>La mayoría de estas críticas contiene gérmenes de verdad. Pero presentan una versión simplista</strong> de lo que está ocurriendo y no permiten articular una alternativa que conjugue adecuadamente las aspiraciones igualitarias con la defensa de la diversidad y de la democracia radical.</p>
<p>Es innegable que CiU esta utilizando la cuestión nacional para ocultar su responsabilidad en la gestión de la crisis y ganar oxígeno político. Pero eso no convierte al derecho a decidir en una caprichosa invención suya. En realidad, <strong>lo que Artur Mas ha hecho es leer un reclamo amplio de la sociedad catalana e intentar capitalizarlo a su favor</strong>. Y para ello, ha tenido que asumir unos objetivos y un estado de movilización con el que ni la burguesía catalana ni su propia coalición política se sienten del todo cómodos. El actual programa de CiU, de hecho, sería inexplicable sin la movilización de la Diada, sin la manifestación contra los recortes al Estatut, sin la presión de las consultas municipalistas celebradas previamente y sin la exigencia de democracia radical propagada por el propio 15M.</p>
<p>Es verdad que esta demanda se ha visto espoleada por la crisis, pero ello no le quita legitimidad. Que “España nos roba” sea una expresión tosca y primitiva no debería ocultar la existencia de un modelo de financiación inequitativo y poco transparente, que a menudo premia a las oligarquías territoriales en detrimento de las clases populares catalanas y del resto del Estado –a excepción, quizás, del caso vasco, cuyo concierto fiscal defienden tanto el PP como la izquierda abertzale–. Pretender, por otro lado, <strong>equiparar el caso catalán con el de la Padania italiana es minusvalorar el autoritarismo y la escasa sensibilidad pluralista del nacionalismo de Estado español</strong>. Durante el Franquismo, desde luego, pero también a lo largo de un Estado autonómico que se abrió paso a regañadientes y con la frecuente resistencia de los grandes partidos estatales. Hoy mismo, la defensa del derecho a decidir existe fuera y dentro de España: en Escocia y en Quebec, donde no existen inercias como las heredadas del franquismo, pero también en sitios como Euskadi o Galiza, donde cuenta con importantes apoyos entre las fuerzas de izquierda y los movimientos sociales. Que CiU pretenda combinar este derecho con políticas anti-sociales no autoriza a quienes se oponen a ellas a negarlo. Después de todo, <strong>las críticas más severas a la corrupción y a las políticas neoliberales de CiU no han provenido del PP, del PSOE o de las izquierdas estatales reacias a la autodeterminación</strong>. Han sido planteadas, sobre todo, por las propias izquierdas catalanistas, moderadas y radicales, en un espectro que va desde ERC e ICV-EUiA a las Candidatures d’Unitat Popular (CUP) o a Esquerra Anticapitalista. Los miembros de estas fuerzas suelen definirse como independentistas o como federalistas, pero no como nacionalistas. Por el contrario, han dado muestras de solidaridad internacional y de compromiso con una concepción no esencialista, plural y multicultural de nación mucho más frecuentes que las exhibidas por los grandes partidos de ámbito estatal. Es esta realidad la que explica, de hecho, que <strong>un sector importante del 15M, tradicionalmente abstencionista y nada sospechoso de nacionalismo, haya brindado a su apoyo a una candidatura independentista</strong> como la de las CUP, considerándola un revulsivo en términos de democracia radical.</p>
<p>Este fenómeno no debería sorprender. Desde el siglo XVII, se han producido al menos cuatro intentos de proclamación de una república catalana, interclasistas pero con fuerte apoyo popular. Estas iniciativas, frustradas por la violencia o por la incomprensión estatal, hunden sus raíces en un sinnúmero de luchas populares contra el absolutismo monárquico similares a la emprendida por los comuneros castellanos o por el campesinado andaluz. No en vano el Manifiesto andalucista, aparecido en Córdoba el 1 de enero de 1919, señalaba que: “en todas las regiones o nacionalidades peninsulares se observa un incontrastable movimiento de repulsión hacia el Estado centralista. Ya no vale resguardar sus miserables intereses con el santo escudo de la solidaridad o unidad, que dicen nacional. Aún las regiones que más aman la solidaridad, como sucede a Andalucía, van dándose cuenta de que los verdaderos separatistas son ellos: los que esparcen recelos con relación a pueblos vivos, como Cataluña y Vasconia, por el delito horrendo de querer regir por sí sus peculiares intereses”. A pesar del franquismo, de la segunda restauración borbónica y del estallido de la crisis de 2008, <strong>esta memoria anticentralista y democratizadora está lejos de haber desaparecido, y se expresa en las múltiples iniciativas confederadas</strong> que todavía hoy unen movimientos sociales de diferentes rincones del Estado. <a href="https://sites.google.com/site/polodereitoadecidir/">El reciente manifiesto de activistas y personalidades gallegas</a> solidarias con el ejercicio del derecho a decidir en Catalunya da buena cuenta de ello.</p>
<p>En el largo plazo, en realidad, <strong>son las élites europeas, españolas y catalanas, y no los movimientos sociales o las clases populares, quienes más pueden perder con lo que está ocurriendo</strong>. Las declaraciones anti-independentistas de Rajoy, Rubalcaba y Durao Barroso, pero también de Durán i Lleida y de un sector del gran empresariado catalán, expresan ese temor. Al fin y al cabo, el cerco del Congreso del 25-O, la huelga general del 14-N y la consulta catalana forman parte de un mismo proceso de desestabilización de un régimen constitucional agotado y rendido a las exigencias de la troika y de los grandes poderes financieros.</p>
<p>Hace un siglo atrás, el dirigente anarcosindical Salvador Seguí, conocido como el Noi del Sucre, sostenía que era más probable que la oposición a la independencia de Catalunya viniera “de los capitalistas de Foment del Treball” que de los propios trabajadores, que no tendrían con ella “nada que perder” y sí “mucho por ganar”. Adaptada a los tiempos, aquella sentencia no ha perdido vigencia. De ahí que el derecho a decidir deba verse, más que como una iniciativa disolvente, como una oportunidad y un acicate para la democratización radical de España y de Europa.</p>
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		<title>Protesta y excepción</title>
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		<pubDate>Wed, 09 May 2012 15:23:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nohihadret</dc:creator>
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		<category><![CDATA[llibertats]]></category>
		<category><![CDATA[protesta]]></category>

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		<description><![CDATA[El desarrollo de prácticas ymedidas legislativas criminalizadoras de la protesta apuntala la apuesta punitiva del régimen. Pese a los recortes, elmúsculo policial y judicial no parece reducirse. ¿Cuál a va ser el espacio del derecho, quémodelo de Estado resultará, cómo recuperar los derechos sociales y políticos arrebatados y lograr nuevos espacios para la política de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div>
<div><em>El desarrollo de prácticas ymedidas legislativas criminalizadoras de la protesta apuntala la apuesta punitiva del régimen. Pese a los recortes, elmúsculo policial y judicial no parece reducirse. ¿Cuál a va ser el espacio del derecho, quémodelo de Estado resultará, cómo recuperar los derechos sociales y políticos arrebatados y lograr nuevos espacios para la política de los y las de abajo? Abrimos el debate.</em></div>
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<div>La exageración y distorsión de los disturbios producidos durante la huelga del 29Mtenía un objetivo claro: dejar expedito el campo para exigir medidas de excepción en defensa de la “paz social”. La gravedad de los hechos se exaltó al máximo porque de ello dependía el grado de peligro de la emergencia y el correspondiente poder del represor. En efecto, el Gobierno del PP y el de CiU en Catalunya reaccionaron, de forma fulminante, con una batería de medidas para elevar el listón represivo frente a la creciente resistencia ciudadana a los recortes de derechos. Entre ellas se incluyen la exigencia de mayor contundencia policial y judicial, la restricción del derecho de reunión, la prohibición de ocultarse el rostro en manifestaciones, el fomento de la delación ciudadana de “antisistemas” mediante webs, la ampliación de conductas constitutivas de atentado contra la autoridad, la asimilación de las protestas a conductas terroristas o prototerroristas y la monitorización policial de las redes sociales.</div>
<div>
<p>Esta deriva autoritaria no es del todo nueva. Forma parte de un populismo punitivo que ha acompañado el desmantelamiento del llamado Estado de bienestar y que se ha intensificado con el estallido de la crisis financiera actual. A menor Estado social, mayor Estado policial. Tampoco es inocente.</p>
<p>Como distintas organizaciones judiciales han señalado, si en verdad el Gobierno quisiera atajar el fenómeno de la violencia urbana, ya cuenta con instrumentos suficientes para hacerlo. De una severidad a todas luces excesiva y sin parangón en Europa. De hecho, parte de las medidas exigidas ya fueron aprobadas en el año 2000, de la mano del ministro Acebes, y puestas en práctica de forma especialmente intensa en Euskadi. El propósito de fondo parece otro: reinstalar, como ha declarado el conseller Puig, “el miedo al sistema” a través de medios punitivos que permitan hacer frente a las nuevas formas de protesta aparecidas en el último año. No es otro el sentido que cabe atribuir a la pretensión de incluir la resistencia pacífica y pasiva –característica del 15M– en el delito de atentado contra la autoridad con elevadas penas de prisión. El comisario antidisturbios de los Mossos lo reconocía sin disimulo en el reciente programa Salvados en La Sexta: “La resistencia pacífica es violencia” y si ahora “Ghandi estuviera en plaza Catalunya hubiera sido detenido”. Un aviso a navegantes. Desde esa óptica del miedo, tampoco resulta extraño que se señale a grupos antisistema integrados cada vez más por “extranjeros”. O se arremeta, bajo la acusación de “connivencia con la violencia”, contra intelectuales, políticos o cualquiera que los vea con “simpatía” y se atreva a dudar de la profesionalidad policial. Esta caracterización del “enemigo” y sus cómplices parece inspirada en las prácticas inquisitoriales de McCarthy en los ‘50. Entonces, como ahora con la violencia, la “connivencia con el régimen soviético” y la identificación con un “enemigo exterior de la patria” era la consigna blandida contra los opositores para instaurar un clima de “caza de brujas”. Los discursos tienen idéntica estructura: se alega una “emergencia”, como una amenaza, para eliminar cualquier obstáculo al poder punitivo que se presenta como la única solución para neutralizarlo.</p>
<p>Existen otras razones. Sobredimensionar un tipo determinado de violencia resulta una estrategia eficaz para minimizar u ocultar otras que están en el origen de protestas como la de la huelga general. La valoración de los hechos se invierte por completo y sirve de coartada para encubrir los propios desmanes. Buena parte de la violencia producida el 29M, por ejemplo, tuvo que ver con actuaciones contra los trabajadores y las personas que se manifestaban. Sólo en Barcelona se recabaron decenas de denuncias por coacciones empresariales, que bien podrían ser constitutivas de delito contra la libertad sindical. La brutalidad policial, por su parte, dejó un saldo de más de cien heridos, algunas de gravedad. En cambio, se han utilizado de manera abusiva tipos penales como los desórdenes públicos o los atentados a la autoridad para inculpar a cerca de 200 personas que participaron en las protestas. Y no sólo eso. Tres de los detenidos durante los piquetes de la mañana fueron encarcelados como chivos expiatorios, en una decisión más mediática que judicial, por los incidentes ocurridos durante la tarde. Y ello en aplicación de una doctrina preventiva insólita: su hipotética reincidencia en otras citas de riesgo como la del partido de fútbol entre el Barcelona y el Espanyol –sin que les conste ningún antecedente penal ni relación con el mundo del deporte–.</p>
<h3>SI EL GOBIERNO QUISIERA ATAJAR EL FENÓMENO DE LA VIOLENCIA URBANA, YA CUENTA CON INSTRUMENTOS DE UNA SEVERIDAD SIN PARANGÓN EN EUROPA</h3>
<p>En el fondo, la nueva cruzada punitiva encierra una buena dosis de cinismo. Intensificar la vigilancia sobre manifestantes y exigirles ir a cara descubierta resulta una propuesta hipócrita en boca de quienes han boicoteado de forma constante los controles garantistas sobre las fuerzas de seguridad, desde la existencia de cámaras en las comisarías, hasta el deber de los antidisturbios a ir identificados durante las manifestaciones. O de quienes amparan e, incluso, indultan los actos de violencia policial o se niegan a prohibir, en todas las circunstancias, el uso de balas de goma contra ciudadanos. Y más cuando, con la reciente muerte de un joven bilbaíno por el disparo de un ertaintza, se ha comprobado, otra vez, su evidente peligrosidad y la dificultad para investigar qué agente aprieta, o cuándo, el gatillo.</p>
<p><strong>Tratados como enemigos</strong></p>
<p>En este contexto, las propuestas de “mano dura” están condenadas a crear mayor tensión social, en un camino creciente hacia la militarización del espacio público. Y hacia la expansión de un derecho penal político para los activistas, tratados ya directamente como “enemigos”, tal como los calificó el jefe de la Policía en Valencia. Escenarios y lenguaje de conflicto bélico que pueden evocar situaciones normales hace 40 años, en pleno régimen franquista, pero deberían estar desterrados de cualquier régimen que se pretenda mínimamente democrático. Es más, en un contexto de exclusión y precarización galopante, los poderes públicos deberían ir en la dirección contraria. Ser respetuosos con el derecho de crítica y de manifestación de la ciudadanía, sobre todo de aquellos grupos que menos voz tienen en el espacio público. Y con más razón respecto de derechos específicos como el de huelga, que no en vano goza de mayor protección constitucional que la libertad de empresa o, en algunas circunstancias, la libertad de circulación.</p>
<p>Las propuestas del PP y de CiU expresan un intento mendaz de criminalizar el malestar en tiempos de crisis y se enmarca en una lógica de excepción, propia del derecho penal del enemigo. De llevarse adelante, sólo deslegitimarán más sus políticas, amenazarán la cohesión social y aumentarán la sensación de bloqueo de las vías institucionales de crítica. Frente al uso demagógico del discurso securitario sólo hay una respuesta: ganar la calle, contra el miedo, y exigir la seguridad en el respeto a los derechos civiles, políticos y sociales de toda la población. Por la libertad.</p>
</div>
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		<title>La Reforma, más madera para el 15-M</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Sep 2011 22:23:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nohihadret</dc:creator>
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		<category><![CDATA[15-M]]></category>
		<category><![CDATA[Constitució]]></category>

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		<description><![CDATA[Miles de personas de todo el Estado, organizaciones sociales, judiciales, ecologistas y sindicales han salido a contestar el acuerdo alcanzado por PSOE y PP para reformar la Constitución. No les faltan razones. El objetivo de esta reforma no es establecer límites al déficit y a la deuda. Es endurecer aún más los ya estrictos que [&#8230;]]]></description>
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<p><strong>Miles de personas de todo el Estado, organizaciones sociales, judiciales, ecologistas y sindicales han salido a contestar el acuerdo alcanzado por PSOE y PP para reformar la Constitución</strong>. No les faltan razones. El objetivo de esta reforma no es establecer límites al déficit y a la deuda. Es endurecer aún más los ya estrictos que marca el Pacto de Estabilidad de la UE. Y otorgar a los acreedores y al Banco Central Europeo garantías inéditas de que el pago de deuda tendrá prioridad sobre otras inversiones. Estas medidas no tendrán un efecto meramente simbólico. Darán cobertura a nuevos recortes sociales y agravarán la situación financiera de comunidades autónomas y municipios.</p>
<p><strong>Esta deriva antisocial y antidemocrática no es una mera especulación. Ha sido el resultado constatable de iniciativas similares ya ensayadas en las últimas décadas.</strong> En EE UU, fue sobre todo el Partido Republicano –y ahora el Tea Party– quienes han insistido en la necesidad de constitucionalizar un techo al gasto público e incluso a la potestad de aumentar impuestos. Economistas como Krugman, han recordado recientemente el vínculo entre este tipo de medidas y la práctica bancarrota de estados como el de California.</p>
<p>En Europa, el Pacto de Estabilidad de 1997 ya constitucionalizó, a escala europea, la obcecación antidéficit, antiinflación y antideuda. La imposibilidad de ajustarse a directivas tan estrictas sin provocar un caos social llevó a la mayoría de países a combinar su incumplimiento selectivo con privatizaciones y recortes específicos. Alemania, Francia e Italia han sido durante años incumplidores crónicos. Y sólo han podido escapar a las sanciones por su capacidad de presión política en el propio Consejo. En la periferia, los intentos de adecuarse a esta tácita Constitución europea adquirieron ribetes dramáticos. Grecia impuso una política fiscal abiertamente regresiva, pero aun así tuvo que falsear sus cuentas públicas. <strong>El Estado español, por su parte, alentó una irresponsable política de sobreendeudamiento privado que los grandes partidos siguen alentando a pesar de que está en el núcleo de los problemas actuales</strong>.</p>
<p>Esta furtiva reforma estival no resolverá ninguno de esos problemas. Por el contrario, desencadenará un enésimo ataque a los servicios públicos y a la cohesión social, certificará la descomposición de la identidad socialdemócrata y allanará el camino a la extrema derecha y a la xenofobia. Pero también tendrá algunos efectos que podrían sorprender a sus impulsores. Asestará, por ejemplo, un golpe a la cacareada “unidad de España” mucho más certero que el de las exigencias federalistas e independentistas demonizadas por el españolismo cerril. Y sobre todo, aumentará la desafección constitucional de unas generaciones precarizadas que, además de no votarla, están siendo víctimas privilegiadas de sus límites e incumplimientos.</p>
<p>En este contexto, la derecha será la beneficiaria inmediata de estas reformas. Pero <strong>la impugnación que el 15M y el conjunto de movilizaciones sociales y sindicales en marcha han lanzado al actual régimen político y económico también crecerá.</strong> Esta impugnación podrá traducirse, de momento, en la exigencia de una reforma con contenidos alternativos. La Constitución, hasta ahora intocable, estará más que nunca en el punto de mira. Pero sobre todo, cargará de razones a quienes, como en Islandia, exigen, no señales que “calmen a los mercados”, sino nuevos procesos constituyentes que los sometan a lógicas genuinamente democráticas, priorizando los derechos de todas las personas sobre los beneficios de pocos.</p>
<p>Font: http://www.diagonalperiodico.net/La-Reforma-mas-madera-para-el-15M.html?var_recherche=jaume+asens</p></div>
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		<title>Porrazos contra indignación</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Jun 2011 09:45:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nohihadret</dc:creator>
				<category><![CDATA[Articles Diagonal]]></category>
		<category><![CDATA[indignats]]></category>
		<category><![CDATA[repressió]]></category>

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		<description><![CDATA[El movimiento de los indignados ha puesto en evidencia las escasas credenciales democráticas de muchas instituciones estatales y autonómicas. La Junta Electoral Central fue incapaz de distinguir las actividades de proselitismo partidista de un legítimo e innovador ejercicio del derecho a la manifestación y a la libertad de expresión.El Gobierno de la Generalitat parece haber [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.nohihadret.cat/wp-content/uploads/2011/07/35_Laplaza_ISA.jpg"><img title="35_Laplaza_ISA" src="http://www.nohihadret.cat/wp-content/uploads/2011/07/35_Laplaza_ISA-75x300.jpg" alt="" width="75" height="300" />El movimiento de los indignados ha puesto en evidencia las escasas credenciales </a>democráticas de muchas instituciones estatales y autonómicas. La Junta Electoral Central fue incapaz de distinguir las actividades de proselitismo partidista de un legítimo e innovador ejercicio del derecho a la manifestación y a la libertad de expresión.El Gobierno de la Generalitat parece haber confundido el apoyo electoral recibido por su partido con <strong>una carta blanca para ‘limpiar’ todo reclamo ciudadano</strong> que no se pueda reconducir a los mecanismos electorales. Con anterioridad, el Gobierno español también cedió a la tentación de barrer la protesta en la Puerta del Sol en Madrid. <a href="http://www.diagonalperiodico.net/Los-comercios-de-Sol-ninos-mimados.html?var_recherche=ni%F1os%20mimados">Y ahora el Gobierno de Aguirre y ciertos empresarios insisten en cortarla de raíz.</a></p>
<p>Las plazas de ciudades y pueblos españoles, durante las últimas semanas, habían recuperado <a href="http://www.diagonalperiodico.net/De-quien-es-el-espacio-publico.html?var_recherche=Gemma%20Gald%F3n">una de las funciones originales de la plaza pública</a>: espacio donde la población puede hablar, encontrarse y expresarse, generando <strong>nuevas formas de convivencia ciudadana.</strong></p>
<p>Como diferentes sindicatos policiales y los mismos servicios municipales de limpieza habían reconocido, la actuación de los acampados en el mantenimiento del espacio público había sido ejemplar. Esto explica que la operación preventiva ordenada por el Gobierno catalán haya resultado, además de desproporcionada, ridícula, poniendo de relieve la <strong>extrema debilidad de algunos discursos de tolerancia ‘cero’</strong> con todo lo que sea disidencia más allá de las instituciones. Y más tras constatar la capacidad de los acampados para evitar, con una cadena humana, la extensión de los incidentes futbolísticos a la plaza.</p>
<h3>Como diferentes sindicatos policiales y los mismos servicios municipales de limpieza habían reconocido, la actuación de los acampados en el mantenimiento del espacio público había sido ejemplar</h3>
<p>El 1 de mayo, en un momento en que los bancos multiplicaban sus beneficios y el paro juvenil sobrepasaba el 40%, el consejero de Interior Puig prometió que <strong>“tensaría la ley hasta allá donde está permitido y algo más”</strong> para desarrollar su tarea. La irresponsabilidad y la carencia de realismo de esta filosofía no tardaron en manifestarse. Una cuestión de simple “limpieza del espacio público”, que se podría haber resuelto con <strong>diálogo y mediación</strong>, se convirtió en un problema de orden público. La Policía “del país”, rechazada por manifestantes pacíficos, se vio expuesta a una fuerte deslegitimación. Y el Gobierno acabó proyectando una concepción del Estado de derecho <a href="http://bargen.es/asides/video-del-polonia-parodiando-a-la-perfeccion-a-felip-puig-bcnsinmiedo-mossos-acampadabcn/">más propia del mamporrero caricaturizado en el programa de humor Polonia</a>, que de un consejero obligado a respetar la legalidad vigente.</p>
<h3>Unas instituciones más inteligentes habrían entendido hace tiempo que detrás de esta interpelación late algo más que una simple protesta juvenil</h3>
<p>Lejos de lograr sus objetivos, <strong>la actuación policial desató y extendió la indignación por todas partes:</strong> cortes en la entrada de la ciudad, atronadoras caceroladas por todos los barrios o muestras de solidaridad del resto del Estado. En definitiva, un nuevo acicate para <a href="http://www.diagonalperiodico.net/La-gente-desborda-a-los-mossos-y.html?var_recherche=la%20gente%20retoma%20pla%E7a%20catalunya">un movimiento que ha vuelto a reconquistar, con más fuerza que nunca, la plaza.</a> Y que ha dejado una retahíla de peticiones de dimisión o quejas ciudadanas de entidades como Jueces para la Democracia, la Federación de Vecinos de Barcelona o el Síndic de Greuges. Pero también del resto de partidos políticos e incluso de sindicatos policiales, como el SME-CC OO de los Mossos y la Unión de Oficiales de la Guardia Civil.</p>
<p>Unas instituciones más inteligentes habrían entendido hace tiempo que detrás de esta interpelación late <strong>algo más que una simple protesta juvenil</strong> a la que se pueda barrer a golpe de porras. Con su arrogancia, por el contrario, han mostrado su incapacidad de entender que una democracia genuina no se puede reducir a una cita electoral que deja fuera <strong>muchas reivindicaciones y puntos de vista.</strong> Educarlas en estos valores será, quizás, una de las principales tareas de salubridad “y de higiene pública” que los movimientos ciudadanos y populares tendrán por delante en estos turbulentos tiempos.</p>
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		<title>Cuando la excepción se normaliza</title>
		<link>http://www.nohihadret.cat/2011/01/cuando-la-excepcion-se-normaliza/</link>
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		<pubDate>Mon, 31 Jan 2011 09:40:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nohihadret</dc:creator>
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		<category><![CDATA[excepcionalitat]]></category>

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		<description><![CDATA[El agravamiento de la crisis en otros ámbitos, y la poca simpatía social suscitada por los controladores, ha contribuido a quitar hierro a una medida que ha pasado, poco a poco, a un segundo plano de la actualidad. Sin embargo, su normalización no es una cuestión menor, precisamente por lo que tiene de precedente en [&#8230;]]]></description>
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<p>El agravamiento de la crisis en otros ámbitos, y la poca simpatía social suscitada por los controladores, ha contribuido a quitar hierro a una medida que ha pasado, poco a poco, a un segundo plano de la actualidad. Sin embargo, su normalización no es una cuestión menor, precisamente por <strong>lo que tiene de precedente en un contexto de crisis y recorte</strong> generalizado de derechos.</p>
<p>Para justificar la decisión, el Gobierno presentó la protesta como una medida irracional, como una huelga salvaje causante de una auténtica calamidad pública. Las imágenes de los aeropuertos llenos, abarrotados de familias que no podían volar, reforzaron esta idea. Vista con más frialdad, la realidad resulta más compleja. El abandono de funciones de los controladores puede cuestionarse desde muchos ángulos. Habituados a defender sus intereses de manera aislada, no tuvieron en cuenta los de otros trabajadores aeroportuarios ni los de los usuarios. Pero <strong>su decisión, por torpe que parezca, tampoco fue irracional</strong>. Desde comienzos del año, el Gobierno había aprobado diferentes medidas que empeoraban sus condiciones laborales y planteaban la privatización de AENA.</p>
<p>Ratificadas justo antes del puente, fueron <strong>todo menos una invitación al diálogo</strong>, y precipitaron las reacciones más extremas. Se ha dicho que el objetivo era liquidar una situación de privilegio. Sin embargo, hay castas con ingresos más altos que los de los controladores, contra las que no se actúa o a las que se favorece abiertamente.</p>
<p><strong>Calamidad pública</strong></p>
<p>Que la actuación de los controladores causó una perturbación considerable a quien volaba por entonces es algo innegable. Pero resulta discutible que la privación temporal del derecho a volar, en la mayoría de los casos por motivos turísticos, pueda asimilarse a una “calamidad pública”. <strong>Y menos justificar la intervención militar</strong> o la suspensión de otros derechos constitucionales. De esta forma, numerosas protestas sociales legítimas, sean vagas o no, podrían ser consideradas delitos de sedición o sustraídas a la jurisdicción civil.</p>
<p>Esta tentación de un uso expansivo, no claramente determinado, de las medidas de excepción, se advierte claramente en la prórroga del Estado ahora concluida. Ha sido una peligrosa operación retórica que <strong>ha convocado todos los fantasmas de la excepción normalizada</strong> y del ‘enemigo público’ contra el cual todo está permitido. De hecho, no es casual, en un contexto como el actual, que se haya dado pábulo a quien pretende una restricción más amplia del derecho de huelga en los servicios públicos.</p>
<p>Si la privación temporal del derecho a volar, mayoritariamente por razones turísticas, es considerada una afectación gravísima a un “servicio público esencial” ¿qué no se diría de una protesta que, en Francia o en Grecia, bloquee refinerías de gas o petróleo o interrumpa el tráfico terrestre o marítimo? Si en Francia, Sarkozy va a recurrir al Ejército para obligar a los huelguistas a retomar sus actividades, <strong>¿qué no podría ocurrir en una España gobernada por el PP o el ‘ala dura’ del PSOE?</strong></p>
<p>Si se mira a través de la lente de la crisis, la demonización del controlador- privilegiado se parece demasiado a la del funcionario-privilegiado y, en general, a la de otros supuestos receptores de prebendas públicas, como los parados o los pensionistas. Esta estrategia discursiva, utilizada para justificar recortes sociales en los ámbitos más dispares, no es ingenua. Permite avivar el enfrentamiento entre categorías de trabajadores y de colectivos vulnerables, desviando la atención sobre los auténticos focos de privilegio de nuestras sociedades. Y es que, bien vista, esta alarma no suena solamente por los controladores.</p>
<p>Suena, parafraseando a John Donne, por todos los que, de profundizarse este camino, podrían verse convertidos en nuevos ‘privilegiados’ a los que <strong>sólo quepa aplicar la temible lógica de la excepcionalidad</strong> y la represión.</p>
</div>
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		<title>La protesta social en Europa</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Dec 2010 09:38:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nohihadret</dc:creator>
				<category><![CDATA[Articles Diagonal]]></category>
		<category><![CDATA[protesta]]></category>
		<category><![CDATA[violencia]]></category>

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		<description><![CDATA[En los últimos meses, un fantasma recorre Europa: la protesta social contra las políticas de austeridad y de recortes de derechos sociales. Miles de personas se han echado a la calle exigen que la crisis la paguen los responsables y no las víctimas. Y aunque el apoyo a las manifestaciones ha sido irregular, la indignación [&#8230;]]]></description>
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<p>En los últimos meses, un fantasma recorre Europa: la protesta social contra las políticas de austeridad y de recortes de derechos sociales. Miles de personas se han echado a la calle exigen que <strong>la crisis la paguen los responsables</strong> y no las víctimas. Y aunque el apoyo a las manifestaciones ha sido irregular, la indignación social no ha dejado de extenderse por todo el continente. No han faltado, no obstante, las voces que, desde diferentes espacios políticos, económicos y mediáticos, han pretendido decretar la inutilidad de la resistencia y exigir un ejemplar golpe de autoridad.</p>
<p>Primero fue <a href="http://www.diagonalperiodico.net/Nueva-huelga-general-el-20-de-mayo.html">Grecia</a>. El Gobierno no ha dado el brazo a torcer y ha intensificado la represión, que cuenta en su haber con tres muertos y centenares de heridos y detenidos. Hace poco llegó el <a href="http://www.diagonalperiodico.net/La-movilizacion-se-amplifica-en.html">turno de Francia</a>]. Sarkozy ha anunciado un severo plan de austeridad franco-alemán y ha lanzado a los gendarmes a las calles. En un abrir y cerrar de ojos, la cifra de arrestados se ha disparado hasta alcanzar casi las 2.000 personas. En un país cuyo régimen de detención en las comisarías ha sido recientemente condenado (STEDH, 14/10/2010) por el Tribunal de Estrasburgo y se encuentra bajo el escrutinio del propio Tribunal de Casación francés.</p>
<p>En el caso español, las protestas no fueron ni la mitad de intensas que en Grecia o Francia. Pero ha bastado que una huelga general –la del 29-S– tenga <a href="http://www.diagonalperiodico.net/-Cobertura-Huelga-General-.html">más éxito del esperado</a>,, para que la patronal, la derecha política y ciertos grupos mediáticos hayan pretendido reducirla a un simple ejercicio de vandalismo protagonizado por sindicalistas y antisistemas que amenazan gravemente el Estado de derecho.</p>
<p><strong>Equiparar violencias</strong><br />
El despropósito de esta operación parece fuera de duda. Como derechos de conflicto, la huelga, la manifestación o la protesta en general bien puedan afectar a derechos de terceros e incluso derivar en ejercicios innecesarios de violencia. Pero ello no autoriza a colocar un contenedor quemado, o el cristal roto de una tienda, en el centro del debate público, como si la violencia aislada sobre las cosas pudiera equipararse con la enorme violencia rutinaria que las políticas de despidos, de desalojos y de rescate incondicionado de bancos y entidades financieras suponen para la mayoría de la población. Por gratuita, en efecto, que pueda parecer, la violencia de los más vulnerables en <strong>defensa de derechos generalizables</strong> no puede colocarse a la altura de la que los más fuertes ejercen para apuntalar privilegios excluyentes.</p>
<p>Reducir la protesta social a salvajismo, cuando no a un acto de peligrosa delincuencia, no sólo es una maniobra eficaz para despojarla de legitimidad. Al mismo tiempo permite ocultar la violencia pública y privada que hay detrás de las políticas en curso. Y allanar el camino para una reacción punitiva que exija la contundencia policial, el eventual endurecimiento de códigos penales ya suficientemente rigurosos e incluso, como se ha visto estos días en Barcelona, el <a href="http://www.diagonalperiodico.net/Rueda-de-prensa-de-Kaos-en-la-Red.html">cierre de medios de comunicación acusados de antisistema</a>. Lo cierto, sin embargo, es que cuando los mercados se encuentran sobrerrepresentados en el ámbito institucional, cuando las medidas antisociales se aprueban por vías jurídicas de excepción, sin prácticamente debate alguno, o cuando los medios para expresar las disidencias son escasos, la protesta, incluso la ejercida con ruido, debería verse como uno de los pocos instrumentos capaces de dar a los más vulnerables una voz audible en el espacio público.</p>
<p><strong>Proyectos antagónicos</strong><br />
En el conflictivo escenario que como un reguero se expande en estos días, dos proyectos de Europa están en liza. Uno, el del despotismo financiero y el ajuste neoliberal, lleva la semilla de un futuro lúgubre y represivo, acaso antieuropeo. El otro, el de la Europa movilizada en defensa de los derechos sociales y los bienes públicos, contiene en cambio la promesa de una alternativa igualitaria y democrática al desorden actual, dentro y más allá de las fronteras estatales. El <strong>imperativo ético político</strong> de los tiempos por venir no puede ser otro que preservar esta Europa indómita de la fragmentación social y la criminalización. Y hacerle espacio. Y conseguir que dure.</p>
</div>
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		<title>Dos Europas</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Oct 2010 10:04:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nohihadret</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Constitució europea]]></category>
		<category><![CDATA[europa]]></category>

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		<description><![CDATA[Al cierre del 2010, todo indica que la Unión Europea ha abdicado de la tarea de construir de un proyecto social y democrático a escala continental para convertirse en su más enconada adversaria. El eje Berlín-París-Londres está consiguiendo imponer su pretensión de consolidar un mecanismo de rescate financiero condicionado a la aceptación de políticas de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Al cierre del 2010, todo indica que la Unión Europea ha abdicado de la tarea de construir de un proyecto social y democrático a escala continental para convertirse en su más enconada adversaria. El eje Berlín-París-Londres está consiguiendo imponer su pretensión de consolidar un mecanismo de rescate financiero condicionado a la aceptación de políticas de “austeridad” y de congelar hasta el año 2020 un presupuesto comunitario no mayor al 1% del PIB de los Estados miembros. Estas medidas sólo pueden comportar la profundización de un camino de servidumbre muy diferente al fantaseado por Friedrich Hayek. Como mínimo, para los países situados en la periferia de la actual UE, que se verían constreñidos a aplicar una serie de políticas suicidas para su propia recuperación interna, so pena de perder los fondos comunitarios y, llegado el caso, su derecho de voto en las instituciones europeas. Los impulsores de estas políticas son plenamente conscientes de su carácter anti-popular. Por eso pretenden trasladarla al mortecino Tratado de Lisboa a través de un procedimiento especial que exigiría el visto bueno de los parlamentos estatales pero que permitiría, al mismo tiempo, sortear los incómodos e imprevistos referendos ciudadanos. La deriva elitista y tecnocrática de la UE ha devenido así en obstinación. A excepción de algunas honrosas excepciones, las energías democratizadoras hoy existentes en el espacio europeo no provienen de sus instituciones. Más bien, radican en las voces que, de Atenas a París, de Dublín y Lisboa a Londres, Roma, Madrid o Barcelona, se están atreviendo, con enormes dificultades, a contestar este proceso en las calles, en los barrios, en los lugares de estudio y de trabajo, negándose a asumirlo como si de un irresistible designio divino se tratara.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando el tsunami financiero proveniente de Estados Unidos se desplazó a Grecia, algunas voces optimistas pensaron que la Europa social llamaría a la puerta. Que la retórica a favor de un “gobierno europeo” se traduciría en un esfuerzo coordinado por establecer un centro redistributivo de ámbito continental, por convertir al Banco Central Europeo, a la manera de la Reserva Federal,  en un emisor masivo de euro-deuda y por yugular, en fin, a unos capitales especulativos que amenazaban los fundamentos mismos de la integración. Sin embargo, los bancos golpearon primero y las instituciones europeas no tardaron en exigir medidas drásticas para reducir unos déficits públicos largamente disimulados o generados, como en el caso español, para licuar las deudas privadas de las entidades financieras.</p>
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<p>El gobierno socialista de Papandreu decidió que la única manera de plegarse al mandato del directorio franco-alemán consistía en sacrificar salarios y pensiones y en aumentar los impuestos indirectos. Todo ello en un país que dedicaba un 3,6% de su PIB a gastos militares y cuya estructura fiscal era una de las más regresivas del continente. Con el aliento griego encima y la amenaza de unas agencias de calificación de deuda libres de todo escrutinio público, también el gobierno del PSOE optó por soltar el lastre de la retórica social utilizada durante los años de euforia inmobiliaria. El paquete de ajustes incluyó la puesta en marcha de ingentes ayudas a la banca, el estímulo a las fusiones y a la privatización de las cajas de ahorro y el inmediato sacrificio de derechos sociales y laborales de por sí débiles en comparación con los vigentes en la antigua UE de los quince. Ni una medida dirigida a limpiar y democratizar el sistema de crédito, poniéndolo al servicio de emprendimientos social y ambientalmente sostenibles. Ni una a dar respuesta al drama de las más de 350.000 familias afectadas por el fraude inmobiliario y las ejecuciones hipotecarias. Ni una a revertir la regresividad del sistema fiscal y atenuar, así, las desigualdades y la exclusión que están alimentando el crecimiento de la xenofobia y la extrema derecha. Nada que pudiera enviar una señal equívoca a unos mercados financieros bien dispuestos, en cambio, a especular sin rubor contra sus benefactores. Poco a poco, la debilidad y de la falta de coraje político de los gobiernos de la periferia europea se hizo evidente. Y los mercados no tardaron en cebarse con Irlanda y Portugal. Allí, la crisis también pasó la factura de haberse calzado demasiado pronto el corsé que supusieron la entrada en el euro y la asunción de los criterios de convergencia pergeñados en Maastricht.</p>
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<p>Lejos de quedarse en la periferia europea, la fiebre del ajuste se extendió también al norte. Si en el sur los ejecutores han sido unas socialdemocracias desnortadas, que al desmovilizar a sus bases cavaron su propia tumba ante los especuladores, en el norte el protagonismo ha correspondido sobre todo a los gobiernos conservadores. Cuando estalló la crisis, algunos, como el de Nicolás Sarkozy, fueron los primeros en apostar tácticamente por “refundar el capitalismo”. Pero aquella consigna se reveló pronto como una mera cortina de humo, como una manera de ganar tiempo en un país que, ya desde las huelgas de 1995 contra los planes neoliberales de Juppé, cuenta con una sólida tradición de luchas en defensa de lo público. Consciente, sin embargo, de que la economía francesa no es la alemana, Sarkozy no tardó en aprovechar la coyuntura para cargar contra el sistema público de pensiones, imponiendo prácticamente sin debate parlamentario, la ampliación de la edad de jubilación. El recién estrenado gobierno de David Cameron no le ha ido a la zaga. A poco de asumir, entregó a los especuladores un 40% del gasto social, intentando hacer pasar como medida de racionalización administrativa lo que en el fondo constituye una nueva carga de profundidad contra dos de los pilares históricos del <em>Welfare</em> británico: la sanidad y la educación públicas.</p>
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<p>Que estas políticas comportan un auténtico estado de emergencia económico, impuesto al margen o al filo de la legalidad vigente queda probado, en buena medida, por la manera furtiva en que los países fuertes de la UE han decidido reflejarlo en el Tratado de Lisboa. Lejos queda el tiempo en que, tras el rechazo francés y holandés al tratado constitucional, las clases dirigentes europeas planteaban la necesidad de un Plan B que acercara la UE a la ciudadanía y que perfeccionara los mecanismos de participación democrática. La idea, ahora, es precisamente la opuesta: evitar, a cualquier precio, referendos que puedan llevar el debate sobre el proceso de la integración a la opinión pública y acarrear resultados no queridos. Desde esta perspectiva, incluso la reforma del Tratado de Lisboa se presenta como un trámite engorroso. Engorroso pero inevitable, si se tiene en cuenta que son varias ya las demandas de constitucionalidad planteadas ante el Tribunal constitucional alemán contra el Fondo de Ayuda Financiera de 750 mil millones de euros aprobados el pasado mes de mayo sin discusión parlamentaria alguna.</p>
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<p>A estas alturas, no es ningún secreto que el marco económico impuesto por la UE, sobre todo en la zona euro, está abiertamente reñido con la mejor tradición del constitucionalismo social y democrático de la que muchos estados miembros pretenden extraer su legitimidad. La crisis, en efecto, ha demostrado la extrema debilidad, cuando no la futilidad de protocolos, cláusulas sociales y cartas europeas supuestamente encargados de frenar la erosión de derechos arduamente conquistados. Pero no sólo eso: también ha forzado reformas regresivas y mutaciones en las constituciones formalmente vigente en los estados, sobre todo en aquellas más exigentes desde el punto de vista de su contenido social. Este es el caso, por ejemplo, de Portugal. Allí, el avanzado texto de 1976, aprobado tras la revolución de los claveles, tuvo que ser reformado en siete ocasiones, entre otras razones, para acomodarse a la horma monetarista y neoliberal de la constitución económica europea. Y ahora, no por casualidad, ha sido objeto de un nuevo embate a manos de la derecha conservadora, que ha impulsado una octava modificación con el propósito de devaluar el alcance normativo de derechos sociales básicos como los derechos a la educación y a la sanidad, públicos y gratuitos. Este fenómeno, en cualquier caso, también ha impactado en estados con constituciones sociales relativamente más débiles. Así lo demuestra la experiencia española, donde el propio tribunal constitucional tuvo que recurrir a una dudosa operación semántica para compatibilizar la “supremacía” del texto de 1978 con la “primacía” del derecho de la UE, y donde el Partido Popular no ha dudado en proponer la constitucionalización de la ausencia de déficit como una forma, precisamente, de europeizar el derecho interno.</p>
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<p>Más allá de la cuestión de la legalidad, estas políticas estás revelándose, además, como un despropósito desde el punto de vista de su efectividad. No servirán para conseguir algunos de los fines que aseguran perseguir, como aplacar a las oligarquías financieras. Por el contrario, lo más probable es que desaten un espiral de recortes que ahondará el actual marco recesivo, empujará a algunos países directamente a la depresión y aumentará todavía más la exclusión social. Es más, si la desintegración y el dumping social no han ido ya más lejos, es, nuevamente, gracias a las protestas que, de manera embrionaria pero persistente, se han propuesto plantar cara a estas políticas y despojarlas de su aura de inevitabilidad. A diferencia de lo que podía ocurrir a inicios del siglo pasado, estas resistencias se producen tras décadas de políticas neoliberales, en un contexto de fuerte fragmentación social y sindical y con la extrema derecha al acecho. Lo cierto, empero, es que sin las huelgas generales griegas, francesas y portuguesas, sin la movilización, contra el miedo y el chantaje, de millones de trabajadoras y trabajadores, de parados, precarios, estudiantes y pensionistas de todo el continente, las perspectivas serían sin duda peores.</p>
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<p>Los grandes grupos económicos y mediáticos y sus aliados políticos son plenamente conscientes de ello. Por eso, a pesar de la relativa debilidad de la respuesta social producida hasta ahora, han combinado el desdén por la misma con su criminalización preventiva. En Grecia, el gobierno no tardó en sacar a relucir el espantajo del manifestante terrorista y la represión pronto sumó en su haber varios muertos y centenares de heridos y detenidos. En Francia, Sarkozy lanzó los gendarmes a las calles para obligar a los manifestantes a volver a sus trabajos, y aunque algunos tribunales consideraron que la medida constituía una restricción ilegítima al derecho de huelga, la cifra de arrestados pronto superó los dos mil. Incluso en el caso español, donde el paro juvenil es ya del 40%  y donde la protesta no fue ni la mitad de intensa que en Grecia o Francia, bastó que la huelga del 29-S tuviera más éxito del esperado para que la patronal, la derecha política y ciertos medios de comunicación la rebajaran a un ejercicio de vandalismo protagonizado por sindicalistas y anti-sistemas que pretendían acabar con el Estado de derecho.</p>
<p>En realidad, quienes buscan reducir la protesta social a actos aislados de salvajismo o de delincuencia no sólo tratan de despojarla de legitimidad. También intentan minimizar u ocultar la enorme violencia pública y privada que hay detrás de las políticas impuestas para afrontar la crisis. Y es que en el fondo, en el conflictivo escenario que se extiende por Europa en estos tiempos, dos proyectos se baten a duelo. Uno, el del ajuste y el despotismo financiero, lleva en su seno la semilla de un futuro lúgubre, capaz de convocar los peores fantasmas del populismo represivo, la xenofobia y el nacionalismo excluyente. El otro, el de la Europa movilizada en defensa de los derechos sociales y los bienes públicos, comunes, contiene en cambio la promesa de una alternativa igualitaria y democrática al desorden actual, dentro pero también más allá de las fronteras estatales. En ese contexto, el imperativo ético y político de los tiempos por venir no puede ser otro que preservar esta Europa indómita de la fragmentación, el enfrentamiento cainita y la criminalización. Y hacerle espacio. Y conseguir que dure.</p>
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		<title>Barrer bajo la manta</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Sep 2010 09:34:23 +0000</pubDate>
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				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.nohihadret.cat/wp-content/uploads/2010/09/28_Barrer_Pablo_Pino.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-218" title="28_Barrer_Pablo_Pino" src="http://www.nohihadret.cat/wp-content/uploads/2010/09/28_Barrer_Pablo_Pino-300x201.jpg" alt="" width="300" height="201" /></a>Al inicio del verano, los alcaldes de las localidades catalanas de El Vendrell y Calafell sorprendieron a la opinión pública al anunciar que autorizaban <strong>zonas francas para el ejercicio del llamado “top manta”</strong>. Tras unos días de shock, y bajo la presión de comerciantes, el consejero del Interior de la Generalitat, Joan Saura, optó por hacerles entrar en razón y apostar por una política de “tolerancia cero” basada en el incremento de la presión policial. Aunque la decisión ha sido celebrada como un ejercicio de responsabilidad, resulta difícil no verla como una salida en falso que, lejos de buscar una alternativa realista y éticamente aceptable a un problema complejo, opta por negarlo, sacrificando a quienes se encuentran en la posición más vulnerable.</p>
<p>Mientras tanto, las redadas, detenciones, multas e incautaciones a los manteros se han intensificado. Pero su actividad tampoco ha cesado. Y no lo ha hecho porque lo que hay detrás de ella no es una oscura estrategia para enriquecerse, evadir impuestos o burlar la ley; es un intento desesperado y legítimo por sobrevivir. Si se dedican a la venta ambulante es en razón de <strong>la propia legislación de extranjería</strong>, que hace casi imposible su regularización y los expone a un constante asedio policial. Para quien carece de papeles, esta situación es más grave si cabe en tiempos de crisis. Es esto lo que vuelve inaceptable, e incluso indecente, la reacción de ciertos medios y agentes políticos y económicos a las medidas de los consistorios tarraconenses. Como en las crónicas policiales más tendenciosas, los manteros han sido retratados como pícaros que pretenden hundir el negocio del resto de comerciantes, como sujetos violentos que insultan y se enfrentan a quienes requisan su mercadería, e incluso, como incívicos que obstaculizan la libre circulación&#8230;</p>
<p>Esta construcción sesgada de los hechos escamotea las condiciones reales que rodean el fenómeno. Como ya han reconocido varios tribunales, este tipo de actividad <strong>está lejos de producir un daño significativo a los productos imitados.</strong> La mercadería vendida es a menudo la misma que miles de personas bajan de internet y el impacto en el pequeño comercio es, en verdad, mucho menor que el de las grandes superficies u otros negocios. Por último, la visión criminalizadora de los manteros invisibiliza las múltiples formas de violencia a la que se ven expuestos cotidianamente.</p>
<p>El estigma construido en torno al top manta ha <strong>abonado el terreno para la cruzada punitiva</strong>, ahora respaldada desde la Generalitat. La propuesta de los alcaldes de CiU y del PSC no obedecía a radicalismo alguno ni a una ingenua vocación humanitaria. El top manta era un fenómeno extendido en sus localidades, solía crecer en épocas turísticas y se había multiplicado en razón de la pérdida de empleos de muchos inmigrantes.</p>
<p>En ese contexto, fomentar su organización, pactar unas zonas delimitadas para la venta, especificar los productos autorizados y negociar la aplicación progresiva de tasas municipales podía no ser la solución ideal. Pero era, como reconocieron sus impulsores, una alternativa de “sentido común”. Una salida que podía <strong>facilitar el arraigo</strong> a medio plazo de los inmigrantes.</p>
<p>El acuerdo final con los comerciantes ignora las voces de los inmigrantes e insiste en una vía cara, probadamente ineficaz y nada integradora. Quienes, como el consejero de ERC, Josep Huguet, pedían eliminar del paisaje una estampa “tercermundista” podrán sentirse satisfechos durante un tiempo. Pero el problema seguirá ahí. Y quienes hoy han intentado barrerlo bajo la alfombra –o bajo la manta–, con <strong>una salida más propia de Sarkozy</strong> que de un consejero ecosocialista, habrán perdido una ocasión para marcar la diferencia, ofreciendo una respuesta garantista, humanitaria, valiente e imaginativa.</p>
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