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	<title>No hi ha dret(s) &#187; egluu</title>
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		<title>Las agencias al banquillo</title>
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		<pubDate>Fri, 06 May 2011 08:43:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>egluu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mientras más se agudiza la crisis, más crece la impresión de que sus causantes no sólo no son sancionados, sino que se están convirtiendo en sus principales beneficiarios. En este contexto, la querella penal contra las agencias privadas de calificación de deuda impulsada por el Observatorio DESC, ATTAC y otras organizaciones sociales debería verse como [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Mientras más se agudiza la crisis, más crece la impresión de que sus causantes no sólo no son sancionados, sino que se están convirtiendo en sus principales beneficiarios. En este contexto, la querella penal contra las agencias privadas de calificación de deuda impulsada por el Observatorio DESC, ATTAC y otras organizaciones sociales debería verse como un freno a la descarnada impunidad de los más fuertes. Pero también como un intento de conjurar un golpe de mercado que, de no detenerse, acabará por arrasar los frágiles cimientos democráticos de nuestras sociedades y los derechos básicos de la mayoría de la población.</p>
<p>Para entender el papel de Moody’s, Standard &amp; Poors y Ficht a lo largo de la crisis habría que distinguir dos momentos. El primero tiene lugar aproximadamente a partir de 2001, con la expansión del boom inmobiliario. Entonces, el negocio de las agencias consistió en calificar al alza, previo pago por su asesoramiento, diferentes productos financieros de sus clientes. Muchos de esos productos eran hipotecas basuras y activos tóxicos. Las agencias, en connivencia con la banca, les otorgaron la máxima calificación. Gracias a estas operaciones, los ejecutivos de las agencias multiplicaron sus ingresos. Al mismo tiempo, generaron una burbuja cuyo estallido aniquiló de un plumazo el derecho a la vivienda de miles de familias y condenó a muchas otras al desempleo.</p>
<p>En Estados Unidos, estas actuaciones han sido enjuiciadas por diferentes tribunales e investigadas por el Senado y por la Comisión Estatal de Bolsa y Valores. En Ohio, Connecticut y California se ha acusado a las agencias de haber actuado sin rigor ni transparencia, de haber emitido información fraudulenta y de haber favorecido a clientes a los que previamente asesoraban, en un claro conflicto de intereses. Se han dictado algunas sentencias en su contra y se han impuesto nuevas regulaciones. Con todo, las agencias han conseguido desplegar su enorme poder económico, político y mediático para neutralizar los controles más incisivos.</p>
<p>En el ámbito europeo, las sanciones a las agencias o a la banca por su responsabilidad no han llegado siquiera a eso. Es más, en casos como el español, las entidades financieras han recibido ingentes cantidades de ayuda que les han permitido convertir su deuda privada en deuda pública. Y todo ello prácticamente sin contraprestaciones que las obliguen, por ejemplo, a aliviar el grave problema habitacional que han contribuido a crear.</p>
<p>Pero la cuestión no se acaba aquí. Para rescatar al sector privado y obtener liquidez, muchos gobiernos de la periferia europea se han visto forzados a emitir más deuda pública y a solicitar los servicios de las agencias. Y es aquí, precisamente, donde estas entran en escena por segunda vez. No ya para calificar al alza activos tóxicos, sino para desvalorizar las deudas públicas de algunos gobiernos e instituciones, forzándolos a ofrecer a los eventuales prestamistas beneficios de toda clase.</p>
<p>El paso del optimismo fraudulento de ayer al desmedido pesimismo de hoy tiene connotaciones más ideológicas que técnicas. Las agencias no califican del mismo modo a los gobiernos conservadores que a aquellos más reticentes a la hora de aplicar los ajustes. Asimismo, la dureza exhibida con deudas como la griega, la portuguesa o la española contrasta con la laxitud con que se juzgan otras igual o más riesgosas, como la abultada deuda pública estadounidense. Los dictámenes de las agencias carecen, en realidad, de la más mínima rigurosidad argumental. El criterio técnico para medir la solvencia de un país consiste, de manera casi exclusiva, en las ventajas que pueda ofrecer a los especuladores o en su predisposición a restringir los derechos sociales. Nada más. Mientras más favorable se muestre un Gobierno a congelar pensiones o a “flexibilizar” las relaciones laborales, más confiable se presenta a ojos de los grandes evaluadores.</p>
<p>Este modus operandi, ejercido por un puñado de entidades con una posición dominante en el mercado, entraña una conducta delictiva. Sus dictámenes, escasamente transparentes y rigurosos, permiten manipulaciones arbitrarias en el precio de las cosas (art. 284 del Código Penal). Y la información que generan es susceptible de ser utilizada en beneficio económico propio (art. 285). El Gobierno español paga entre 365.000 y 530.000 euros anuales a las tres principales agencias por sus servicios, que luego pueden acabar beneficiando a otros clientes. Los principales tenedores de deuda pública española, por ejemplo, son bancos alemanes, franceses, británicos y holandeses. La mayoría son clientes de las agencias. ¿Cómo no ver el conflicto de intereses? ¿Cómo excluir que estas entidades puedan beneficiarse de manera ilegítima de informes que a menudo se emiten minutos antes del cierre de las bolsas?</p>
<p>Muchas de estas operaciones deberían haber sido objeto de control por parte del Banco de España o de la Comisión Nacional de Valores. Pero ello no ha ocurrido. Por el contrario, si los gobiernos víctimas de la especulación carecen de autoridad para cuestionarla es precisamente porque su connivencia con ella ha sido todo menos excepcional. Es en ese contexto donde la acusación popular ante los tribunales cobra más sentido. Como herramienta jurídica, ciudadana, contra la impunidad de una coalición oligopólica dispuesta a sacrificar al altar de sus beneficios los derechos políticos y sociales de poblaciones enteras. El multimillonario Warren Buffet, uno de los propietarios de la agencia Moody’s, ha podido decirlo sin ambages: “Esto es la lucha de clases, y la mía, la de los ricos, la está ganando”. Seguramente tiene razón. De lo que se trata, sin embargo, es de ponérselo difícil, obligándoles a rendir cuentas, al menos esta vez, por sus crímenes económicos.</p>
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		<title>Una agenda para la paz</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Feb 2011 08:46:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>egluu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El rechazo explícito de la violencia de ETA por parte de la izquierda abertzale ha abierto un escenario inédito. La reacción del Gobierno ha oscilado entre la satisfacción moderada y la parálisis. Siempre con el ojo puesto en una oposición más preocupada en mantener la baza electoral de la firmeza antiterrorista que en allanar el [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El rechazo explícito de la violencia de ETA por parte de la izquierda abertzale ha abierto un escenario inédito. La reacción del Gobierno ha oscilado entre la satisfacción moderada y la parálisis. Siempre con el ojo puesto en una oposición más preocupada en mantener la baza electoral de la firmeza antiterrorista que en allanar el camino a la paz. Lo cierto es que la nueva toma de posición va mucho más allá de lo esperado. Debería verse, pues, como un movimiento histórico, de mayor trascendencia que cualquier comunicado de ETA, que interpela a toda la sociedad.</p>
<p>¿Se habría llegado antes a este punto de no existir la Ley de Partidos? ¿O sin los instrumentos normativos y judiciales que, de modo más o menos arbitrario, han dejado fuera de juego a todo lo que se ha considerado “entorno de ETA”? Es difícil conjeturarlo. Pero hay algo seguro. Las políticas de excepción aplicadas contra la izquierda abertzale, sumadas a la errática deriva de ETA, habían generado una situación insoportable. Para sus bases, por supuesto. Pero también para muchos actores externos contrarios al recorte de libertades emprendido en nombre de la lucha contra la violencia terrorista.</p>
<p><img src="http://blogs.publico.es/dominiopublico/files/2011/02/ETA_ALTA-RESweb.jpg" alt="" width="450" height="240" /><br />
No se está, pues, ante un acceso súbito de virtuosismo. El alto el fuego “permanente, general y verificable” de ETA no hubiera sido posible sin la Declaración de Bruselas impulsada por Brian Currin. Tampoco la apuesta de la izquierda abertzale puede reducirse a un simple episodio coyuntural. Tiene su origen en Declaraciones y Acuerdos como los de Anoeta (2004), Alsasua (2009) o Guernica (2010). Y es el resultado de un proceso largo, que incluye un profundo debate interno y externo con una pluralidad de organizaciones sociales y sindicales. Desde esta perspectiva, los estatutos de Sortu no deberían sorprender tanto. Reflejan, sí, una revisión radical de la propia cultura política. Pero es una decisión meditada, hija también de la necesidad de dar a una política de excepción una respuesta igualmente excepcional. Sólo así se explican algunos de los pasos dados. Desde el rechazo sin ambages de la violencia de ETA a la alusión al reconocimiento y reparación de todas las víctimas, en consonancia con los principios de Mitchell que inspiraron el proceso de paz irlandés, pasando por previsiones como la expulsión de los afiliados que incumplan la Ley de Partidos.</p>
<p>Algunos, como el exfiscal Mena, han llegado a calificar los nuevos estatutos de más “impecables” que los de cualquier otra formación. Otros, como el PP, han insistido en la falta de sinceridad y en la insuficiencia del gesto. ¿Qué ocurriría, sin embargo, si esta severa política de la sospecha se aplicara a su propio partido, que en un abrir y cerrar de ojos reconvirtió sin pudor a reputados miembros del aparato franquista en “demócratas de toda la vida”? ¿Cómo puede exigir condenas sin paliativos de todo tipo de violencia quien no la censura en el franquismo o la azuza contra los inmigrantes?</p>
<p>En 2007, el Tribunal Supremo estableció que para que un nuevo partido abertzale no fuera considerado “continuación de otros ilegales” debía exhibir “una actitud de condena o rechazo del terrorismo”. El criterio es discutible. Lo innegable es que los estatutos de Sortu se ajustan escrupulosamente a él. Desconocerlo supondría poner en entredicho el alcance del principio democrático y del pluralismo político. Ciertamente, se podría haber ido más allá en el reconocimiento específico de las víctimas de ETA. Pero esto es una exigencia moral, no jurídica, cuya concreción también depende de la existencia de vías políticas que la faciliten.<br />
En rigor, la iniciativa abertzale es lo suficientemente valiente como para emplazar a los poderes públicos a dar sus propios pasos. En una dirección clara: desmontar las medidas de excepcionalidad –muchas de ellas condenadas por la ONU y otras instancias internacionales– que han limitado el ejercicio de derechos de parte de la ciudadanía vasca. Para ello sería imprescindible que se abandonaran interpretaciones judiciales alambicadas utilizadas para evitar la resocialización de los presos, como la llamada doctrina Parot, o para impedir de manera arbitraria la libertad provisional de actores centrales en el proceso de paz como Arnaldo Otegi. En el ámbito penitenciario debería ponerse fin a una política de dispersión de presos que, además de discriminatoria, ha acabado por criminalizar a los propios familiares. En el ámbito legislativo, por fin, sería fundamental preparar una agenda para el diálogo que incluyera la recuperación de la legislación ordinaria en derechos como los de asociación, participación política o libertad de expresión.</p>
<p>Nada de esto puede conseguirse de la noche a la mañana. Sería imperdonable, empero, que los cálculos electorales de corto plazo o la falta de coraje político acabaran por frustrar la oportunidad de dejar atrás una situación de anomalía que se ha vuelto intolerable, no sólo para la izquierda abertzale, sino para muchos ciudadanos del resto del Estado. Y es que con ello no sólo se pondría en riesgo la consecución de la paz en Euskadi. También se daría carta de naturalidad a una excepcionalidad que, a la larga, sólo puede emponzoñar la vida política y social general, socavando los fundamentos sobre los que asegura sostenerse el Estado de derecho.</p>
<p><strong>Gerardo Pisarello y Jaume Asens Juristas</strong> y <em>miembros del Observatorio de Derechos Económicos, Sociales<br />
y Culturales de Barcelona</em></p>
<p>Ilustración de<em> Patrick Thomas</em></p>
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		<title>Vivienda y cultura especulativa</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Jan 2011 08:53:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>egluu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En las últimas semanas, el Gobierno ha vuelto a pronunciarse contra la dación en pago en materia hipotecaria. Esta medida, hace tiempo reclamada por diferentes organizaciones sociales y partidos, permitiría a las familias con hipotecas impagables saldar su deuda una vez que entregan la vivienda a las entidades financieras. La obcecación resulta inexplicable tratándose de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright" src="http://blogs.publico.es/dominiopublico/files/2011/01/VIVIENDA-Y-CULTURA-ESPECULATIVA.jpg" alt="" width="450" height="241" /> En las últimas semanas, el Gobierno ha vuelto a pronunciarse contra la dación en pago en materia hipotecaria. Esta medida, hace tiempo reclamada por diferentes organizaciones sociales y partidos, permitiría a las familias con hipotecas impagables saldar su deuda una vez que entregan la vivienda a las entidades financieras. La obcecación resulta inexplicable tratándose de una propuesta de mínimos ya reconocida en países como Alemania, Francia o Estados Unidos. En todo caso, refleja bien el enorme poder de las entidades financieras y la falta de predisposición política para poner freno a la cultura especulativa que ha conducido a la situación actual.</p>
<p>La ministra Elena Salgado sostiene que este tipo de medidas pondría en riesgo el sistema financiero y que las familias deberían haber sido más prudentes a la hora de solicitar créditos. A estas alturas, sin embargo, el argumento no es de recibo. En un Estado que había hecho muy poco por garantizar vivienda de alquiler asequible, el endeudamiento fue para muchas familias la única forma de acceder a un hogar. Ante la débil capacidad de ahorro de los sectores más vulnerables, las entidades financieras facilitaron créditos que podían superar el valor de los pisos. En muchos casos, la valoración de dichas viviendas corrió a cargo de agencias de tasación estrechamente ligadas a bancos y cajas. La promoción de avales cruzados, entre personas desconocidas, y la ocultación de información respecto de la posible depreciación de las viviendas también fueron hechos frecuentes. En un contexto así, atribuir toda la responsabilidad a las familias hipotecadas es inaceptable. Entre otras razones, porque con ello se absuelve no sólo a los agentes privados involucrados sino también a sus supuestos controladores públicos, comenzando por el Ministerio de Economía y Hacienda y por el propio Banco de España.</p>
<p>Un Gobierno consciente de la cuota de responsabilidad pública en lo ocurrido no debería dudar en colocar el derecho a la vivienda de los potenciales desalojados por encima de los beneficios de la banca. En la práctica, en cambio, ni la moratoria ICO ni el resto de ayudas previstas por los poderes públicos han sido un remedio al sobreendeudamiento. Es más, mientras los desahucios han crecido de manera exponencial, los privilegios de las entidades financieras no han hecho sino consolidarse. Cuando la subasta de inmuebles queda desierta –que es lo que sucede últimamente–, las entidades bancarias pueden adjudicárselos por el 50% del valor de tasación. Una vez que los adquieren, pueden dedicarse a perseguir a las personas desalojadas por la totalidad de la deuda y poner el piso en venta de inmediato a precios de mercado.</p>
<p>En un escenario así, la dación en pago debería ser vista como la justa consagración del derecho a comenzar de cero. Como una pequeña pieza, en realidad, de un programa más amplio orientado a proteger a las personas de los<br />
desalojos por razones económicas y a hacer del acceso seguro a una vivienda un auténtico derecho. Las asociaciones vecinales que, en diferentes ciudades, se solidarizan con familias deshauciadas e intentan bloquear los desahucios están señalando una urgencia: evitar que quienes han perdido su trabajo se queden, además, en la calle. Pero con su acción directa están indicando también la necesidad de otras políticas públicas. Políticas que promuevan moratorias eficaces, una refinanciación asequible de las deudas e incluso su condonación, sobre todo cuando las familias ya hayan sido deshauciadas o cuando la mala fe de las entidades financieras sea probada.<br />
De cara al futuro, estas políticas deberían trazar un “nunca más” respecto de las prácticas especulativas promovidas por las entidades bancarias y por sus supervisores públicos. Ello exige, por ejemplo, que los créditos para compra de vivienda no comprometan en ningún caso más del 25% o del 30% de los ingresos personales o familiares. O que las hipotecas no puedan pagarse durante más de 20 años. Pero requiere, de modo muy especial, la adopción de medidas contundentes de regulación pública del mercado con un objetivo preciso: erradicar los ejercicios antisociales y antiambientales de la libertad de empresa y del derecho de propiedad que han conducido a la emergencia habitacional actual.</p>
<p>¿Qué impide, en efecto, una actuación más decidida sobre el stock de vivienda construida y no vendida, forzando su movilización hacia el alquiler social? ¿Por qué no hacer valer los derechos de adquisición preferente de los poderes públicos en los procesos de ejecución de vivienda? ¿Por qué no se plantea la fijación de precios máximos de alquiler por zonas, como en Austria o Alemania? ¿Por qué no se penaliza de forma severa el mantenimiento injustificado de viviendas vacías? ¿Para cuándo una depuración y democratización del sistema financiero y crediticio, en lugar de esta cerrazón privatizadora que aboca a la repetición más temprana o más tardía de la catástrofe? Son estas cuestiones, más que la funambulesca retórica que pide “calmar a los mercados”, las que pueden conducir a una reactivación sostenible de la economía, capaz de garantizar a todos el derecho a una vivienda y a una calidad de vida dignas.</p>
<p><strong>Jaume Asens y Gerardo Pisarello</strong> son juristas y miembros del Observatorio de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de Barcelona.</p>
<p>Ilustración de <strong>Javier Olivares</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Un nou model policial per a Catalunya?</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Jan 2011 09:16:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>egluu</dc:creator>
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<div>El nou conseller d&#8217;Interior, Felip Puig, ha anunciat la intenció de  liquidar el llegat del seu antecessor. El codi d&#8217;ètica policial serà  derogat. I no s&#8217;instal·laran més càmeres a les comissaries. Es  mantindran les  existents però amb un ús que no sigui &#8220;pervers&#8221; ni  afecti &#8220;el prestigi i el bon nom&#8221; dels Mossos. El propòsit: corregir  unes mesures ineficaces que servien a la &#8220;coacció, hipervigilància i &#8230;</div>
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		<title>Contra la persecució policial del top manta</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Oct 2010 18:25:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>egluu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La decisió dels alcaldes del Vendrell i Calafell d’autoritzar zones franques per a l’anomenat top manta era una mesura audaç, però en cap cas insensata. Com a mínim, resultava molt més raonable que pretendre treure’s de sobre el problema mitjançant polítiques de “tolerància zero” i més presència policial. El conseller d’Interior, Joan Saura, ha intentat [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h1><span style="font-size: 13px; font-weight: normal;">La decisió dels alcaldes del Vendrell i Calafell d’autoritzar zones franques per a l’anomenat top manta era una mesura audaç, però en cap cas insensata. Com a mínim, resultava molt més raonable que pretendre treure’s de sobre el problema mitjançant polítiques de “tolerància zero” i més presència policial. El conseller d’Interior, Joan Saura, ha intentat presentar l’acord impulsat per la Generalitat com un exercici de responsabilitat i eficàcia. Amb tot, és difícil no veure-ho com una sortida falsa, difícilment eficaç i més pròpia d’un èmul de Sarkozy que d’un conseller ecosocialista.</span></h1>
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<p>La pretensió d’esborrar el top manta per la via repressiva no és nova. En aplicació d’una legislació que preveu penes de presó de fins a dos anys per a aquestes pràctiques, centenars d’immigrants han estat empresonats o expulsats. Aquesta reacció desproporcionada, que converteix la venda ambulant en una activitat penalment més reprotxable que un robatori amb violència o certes lesions, ha merescut nombroses crítiques jurídiques i polítiques. <strong>Molts jutges i jutgesses, de fet, han recordat que els manters es troben en una situació de necessitat i solen ser “la baula més dèbil d’una llarga cadena d&#8217;il·legalitats&#8221;</strong>. El despropòsit de la sanció ha generat també una important mobilització a favor d’una reforma despenalitzadora – secundada per partits com el del mateix conseller Saura– que entrarà en vigor el pròxim desembre.</p>
<p>Com en les cròniques policials més tendencioses, els manters han estat retratats com a bergants que pretenen enfonsar el negoci de la resta de comerciants; com a subjectes violents que insulten i s’enfronten contra qui els requisa la mercaderia; i fins i tot, com a incívics que obstaculitzen la lliure circulació o “envesteixen” els ciutadans del carrer quan fugen de la policia.</p>
<p>Aquesta construcció esbiaixada dels fets escamotegen les condicions reals que  ncerclen el fenònem. Com ja han reconegut diversos tribunals, aquest tipus d’activitat és lluny de produir un dany significatiu als productes imitats, dels quals es diferencien de manera clara. La mercaderia venuda és sovint la mateixa que milers de persones baixen d’internet o copien a l’ordinador i l’impacte en el petit comerç és, realment, molt menor que el de les grans superfícies o altres negocis tolerats. El pitjor, en tot cas, de la visió criminalitzadora, és que invisibilitza les múltiples formes de violència a la qual els manters es veuen exposats quotidianament i que amb freqüència generen el rebuig dels mateixos turistes i veïns del lloc. Només cal recordar el recent cas d’Ibrahima Diop, un jove senegalès atropellat per un tren mentre fugia de la policia.</p>
<p>En realitat, molts manters són treballadors qualificats que, com d’altres, acceptarien de bon grat feines més segures que els deslliuressin de les inclemències del carrer. Si no ho fan és perquè la mateixa legislació d’estrangeria els ho impedeix, i els condemna a una il·legalitat que no han buscat. La proposta dels alcaldes de CIU i del PSC no obeïa a cap radicalisme ni a una ingènua vocació humanitària. <strong>Fomentar l’organització dels manters, pactar zones i productes específics per a la venda i negociar l’aplicació progressiva de taxes municipals, podia no ser la solució ideal. Però era, com van reconèixer el seus impulsors, una alternativa de “sentit comú”</strong>. Una sortida que facilitaria  l’arrelament a mitjà termini i que permetia evitar mals majors. Entre d’altres, convertir la criminalitat en l’única opció disponible.</p>
<p>L’acord final amb els comerciants, que ignora la veu dels immigrants i altres organitzacions, pretén insistir en una via cara, poc realista i gens integradora. Qui, com el conseller d’ERC, Josep Huguet, demanava eliminar del paisatge una estampa “tercermundista”, es podrà sentir satisfet durant un temps. Però <strong>el problema, amb tota la seva complexitat i dramatisme, continuarà allà. I els que han provat d’escombrar-lo sota la catifa (o sota la manta) hauran perdut una ocasió immillorable per marcar la diferència, oferint una resposta que a més de garantista, fos humanitària, valenta i imaginativa.</strong></p>
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</div>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Cuando la libertad quema</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Oct 2010 18:32:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>egluu</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Codi Penal]]></category>
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		<category><![CDATA[Monarquia espanyola]]></category>

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		<description><![CDATA[En cierto modo, ha ocurrido lo esperado. La desmesurada reacción penal contra la viñeta de El Jueves ha desencadenado nuevas críticas y sátiras sobre la familia real. Primero en los periódicos y la Red, luego en la calle. El último episodio de estas reacciones han sido las manifestaciones de Girona, donde se han quemado retratos [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>En cierto modo, ha ocurrido lo esperado. La desmesurada reacción penal contra la viñeta de <em>El Jueves</em> ha desencadenado nuevas críticas y sátiras sobre la familia real. Primero en los periódicos y la Red, luego en la calle. El último episodio de estas reacciones han sido las manifestaciones de Girona, donde se han quemado retratos del Rey. En este punto, el debate excede ya la discusión sobre el mejor o peor gusto de unas caricaturas: ¿hasta dónde puede llegar, en un sistema democrático, la crítica a las instituciones y símbolos públicos?</p>
<p>Si las chanzas en cuestión se hubieran producido en otro continente, la respuesta habría sido seguramente más clara. Con frecuencia, el espíritu crítico se rebela cuando algún poder foráneo pone cortapisas a la disidencia religiosa o política. Pero desaparece cuando las diatribas ofenden las propias creencias. No pocos intelectuales y políticos españoles desenfundaron a Voltaire ante la protesta de grupos musulmanes contra una viñeta que se burlaba de sus emblemas religiosos. ¿Por qué mofarse de Mahoma es un ejercicio de libertad de expresión y un delito burlarse de los Príncipes de Asturias?</p>
<p>Los defensores de la actuación penal frente a los humoristas invocaron la &#8220;dignidad&#8221; de los miembros de la familia real y recordaron que la libertad de expresión no incluye el derecho al insulto. No obstante, no puede tratarse igual un &#8220;insulto&#8221; o ataque al &#8220;honor&#8221; a los miembros de una institución pública que a un ciudadano de a pie. Sobre todo si esa institución, como ocurre con la Monarquía española, carece prácticamente de responsabilidad política y jurídica.</p>
<p>En realidad, este tipo de críticas no son algo nuevo. En Inglaterra, por ejemplo, las caricaturas a la familia real se remontan a tiempos previctorianos y son usuales en la prensa amarilla. En otros países monárquicos como Suecia, Dinamarca, Holanda y Noruega, existe análoga tolerancia. En España, en cambio, el respeto a una institución terrenal como la Monarquía es casi el mismo que se profesa hacia una figura sagrada, como la de Mahoma, en los países islámicos.</p>
<p>Muchos de los que se indignaron ante la condena por &#8220;ultraje al Rey&#8221; del periodista Ali Lmrabet en Marruecos han aplaudido o guardado silencio ante la petición fiscal de cárcel para el joven de Girona que participó en los actos antimonárquicos. No faltará quien sostenga que la diferencia reside en que &#8220;allí no hay democracia pero aquí, sí&#8221;. No obstante, es precisamente en un régimen que aspira a ser democrático donde el margen para la crítica de las instituciones debería ser mayor.</p>
<p>De hecho, desde la Revolución francesa hasta nuestros días, los símbolos del poder, político o religioso, siempre han sido satirizados o ridiculizados. Aquí y en cualquier parte del mundo. En la soledad del sótano de una imprenta, pero también en manifestaciones o festejos populares. Tales actos de ofensa callejera se inscriben en una vieja tradición de teatralización de desavenencias o desafectaciones ciudadanas frente a símbolos de poder que se consideran -justa o injustamente- arbitrarios. Quizá por eso suelen tener una mayor carga ideológica, que la simple sátira de papel, y suscitan mayor desasosiego en ciertos sectores políticos e intelectuales &#8220;respetables&#8221;. No obstante, una sociedad democrática debería ser capaz de verlos, no tanto como ataques al orden público, sino como un sano ejercicio de libertad ideológica y de catarsis ciudadana. En Estados Unidos, la jurisprudencia, que sitúa las quemas de banderas y otros símbolos públicos bajo el amparo de la Primera Enmienda, se basa en un razonamiento de este tipo.</p>
<p>No es esto lo que está ocurriendo en España. Entre otras razones, porque muchas de estas críticas podrían subsumirse en alguno de los delitos contra la corona contemplados por el Código Penal. Esta previsión, como se ha visto, se presta a aplicaciones de difícil encaje en un régimen que garantiza el pluralismo político.</p>
<p>A casi un siglo de la persecución de Valle-Inclán por sus ácratas invectivas contra la Corona, la mitificación de la Monarquía como símbolo intocable de la transición sigue siendo fuente de tabúes y un obstáculo a la libre discusión pública. En un contexto así siempre será preferible la quema de símbolos del poder, a que sea el propio poder el que acabe abrasando los espacios de crítica, irrenunciables en cualquier sistema democrático.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El fin de un crueldad</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Aug 2010 19:10:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>egluu</dc:creator>
				<category><![CDATA[Articles Público]]></category>
		<category><![CDATA[Catalunya]]></category>
		<category><![CDATA[toros]]></category>
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		<description><![CDATA[La prohibición de la lidia de toros en Catalunya ha tenido una gran resonancia mediática, no sólo en el conjunto del Estado sino incluso más allá de sus fronteras. Este eco se explica por muchas razones. Por los múltiples intereses y derechos implicados en el debate de fondo, que en buena medida excede los tradicionales [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La prohibición de la lidia de toros en Catalunya ha tenido una gran resonancia mediática, no sólo en el conjunto del Estado sino incluso más allá de sus fronteras. Este eco se explica por muchas razones. Por los múltiples intereses y derechos implicados en el debate de fondo, que en buena medida excede los tradicionales ejes de división izquierda/derecha. Pero también por lo que la propia prohibición supone como vía de resolución del conflicto y, de manera muy señalada, por el sesgo político-identitario que se le pretende atribuir.</p>
<div class="wp-caption alignnone" style="width: 460px"><img src="http://blogs.publico.es/dominiopublico/files/2010/07/08-01.jpg" alt="" width="450" height="236" /><p class="wp-caption-text">Ilustración de Mikel Casal</p></div>
<p>Para los partidarios de las corridas, estas serían una manifestación cultural de hondo arraigo popular, que ha inspirado las más diversas bellas artes, desde la pintura y la música hasta el cine o la literatura. De ahí que vean su supresión como un menoscabo irreparable a la libertad de expresión o creación artística y al libre acceso a la cultura y al patrimonio histórico. Además, claro, de un inequívoco ataque a una actividad empresarial generadora de riqueza y empleos (como los ligados, por ejemplo, a la cría de toros bravos, a la gestión material de las corridas o al turismo que estas atraen).<br />
Que la lidia pueda considerarse una expresión cultural inmemorial e incluso una actividad rentable no es óbice, en cualquier caso, para que pueda reputarse anacrónica o inaceptable desde estas mismas premisas. Buena parte de las obras artísticas generadas en torno al toreo constituyen en realidad un deliberado alegato contra su crueldad y celebración machista. Y su propia viabilidad económica, sobre todo en algunas ciudades españolas, resultaría dudosa sin un apoyo institucional de la que otras expresiones culturales carecen por completo.</p>
<p>Lejos de ser un capricho de último momento, la nueva ley catalana se inscribe en una larga lucha social y jurídica contra prácticas que no sólo degradan a los animales sino también a las sociedades que las toleran o vitorean. Un impulso de este tipo llevó ya a la UNESCO y a la ONU, en 1978, a aprobar una Declaración Universal de Derechos de los Animales con el propósito de erradicar su sometimiento a tratos crueles. En el ámbito español, el maltrato animal fue incluido como delito castigado con penas de cárcel en 2003. Y ese mismo año, Catalunya aprobó una ley señera que consideraba a los animales “organismos dotados de sensibilidad psíquica, además de física” y proscribía espectáculos que implicaran sufrimiento o muerte, como las peleas de perros o de gallos.</p>
<p>Se ha dicho, no sin razón, que tratándose de una costumbre social en franco declive en Catalunya, resultaba innecesario recurrir a la prohibición. Pero el argumento podría invertirse: precisamente porque las corridas habían perdido hace tiempo el favor social su prohibición no resulta tan perjudicial como pretenden quienes viven de ellas. Y tiene, en cambio, un enorme efecto simbólico y pedagógico de cara al conjunto de la sociedad. No es casual, de hecho, que la temprana prohibición de las lidias en Canarias, en 1991, se produjera cuando estas llevaban años ya sin practicarse (lo cual explica su apoyo, quizás, por parte de reputados miembros del Partido Popular).</p>
<p>Entre los objetores de la medida, tampoco faltan quienes sostienen que, puestos a combatir la crueldad, lo suyo sería ocuparse de la que se ejerce contra los seres humanos, como la tortura o el maltrato policial, laboral o sexista. O incluso de otras formas menos visibles de crueldad animal, como el negocio de la cría intensiva de ganado o de aves, que a pesar de estar regulado, subsiste con cierta impunidad y está en el centro de la crisis alimentaria de nuestra época. Todo esto es atendible, sobre todo cuando no es infrecuente ver que una exquisita sensibilidad frente al maltrato de los bóvidos puede convivir con una pasmosa indiferencia frente a otros males sociales tan o más sangrantes. Con todo, invocar injusticias mayores para impugnar la prohibición de las corridas no deja de ser una forma de ceguera moral o una coartada dirigida a avalar todo lo que ellas implican.<br />
De todas las reacciones críticas dirigidas a la ley catalana, la más patética en todo caso ha sido la proveniente del entorno político y mediático del nacionalismo españolista. Obcecada en reducir el voto del Parlament a una mera cornada identitaria, no ha dejado pasar la ocasión para presentarlo como la enésima conspiración catalana contra las esencias patrias (o como “una venganza por los triunfos de la selección nacional”, en palabras del dirigente del PP, Mayor Oreja).</p>
<p>Es evidente que en un mundo en el que la violencia contra animales humanos y no humanos persiste de manera descarnada, convertir la prohibición de las corridas en signo de superioridad civilizatoria sería, además de presuntuoso, ofensivo. No por ello cabe quitar mérito a una ley que, situada entre las más avanzadas en la materia, debería consolidarse e incluso extenderse a otros supuestos (como el de los llamados correbous, que continúan permitidos en Catalunya aunque bajo prohibición legal de infligir daño a los animales). La razón es sencilla: erradicar la crueldad y minimizar el sufrimiento causado a seres vivos –como mínimo a aquéllos con sistemas nerviosos similares al de los seres humanos– constituye un presupuesto irrenunciable de una ética igualitaria y compasiva. Venga de quien venga y contra cualquier práctica cultural, por más pergaminos que esta pretenda exhibir.</p>
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		<title>Garzón a debate</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Apr 2010 08:57:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>egluu</dc:creator>
				<category><![CDATA[Articles Diagonal]]></category>
		<category><![CDATA[Garzón]]></category>

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		<description><![CDATA[La posible inhabilitación del juez Garzón ha generado un movimiento de apoyo al polémico magistrado de la Audiencia Nacional. El espectáculo y los intereses de sectores políticos alimentan la figura del juez estrella, actor político de primer orden y supuesto referente jurídico y moral. Una figura que convendría analizar. Gerardo Pisarello y Jaume Asens / [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div>
<h1><span style="font-size: 13px; line-height: 19px; color: #444444;">La posible inhabilitación del juez Garzón ha  generado un movimiento de apoyo al polémico magistrado de la Audiencia  Nacional. El espectáculo y los intereses de sectores políticos alimentan  la figura del juez estrella, actor político de primer orden y supuesto  referente jurídico y moral. Una figura que convendría analizar.</span></h1>
</div>
<div>Gerardo Pisarello y Jaume Asens / Juristas y miembros del Observatori DESC</div>
<div>Lunes 26 de abril de 2010.   Número 125</div>
<div>
<dl>
<dt><img src="http://www.diagonalperiodico.net/IMG/jpg/35diagonal125.jpg" alt="JPG - 35.3 KB" width="435" height="265" /></dt>
<dd>Ilustración: Isa.</dd>
</dl>
<p>Los ataques dirigidos al juez Garzón por su intento de  investigar los crímenes del franquismo han colocado a parte de la  izquierda y de los movimientos sociales ante un dilema no siempre fácil  de resolver. Para algunos, la defensa del juez constituye un instrumento  central para contrarrestar el golpe judicial de la derecha y defender  los derechos de las víctimas de la dictadura. Para otros, en cambio, la  centralidad otorgada a Garzón en todos estos hechos forma parte del  problema. Porque coloca en un segundo plano la lucha de los colectivos  memorialistas, pero sobre todo porque transmite una imagen idealizada de  un juez cuyas actuaciones, más allá de este caso, han venido marcadas  por la ligereza jurídica, cuando no por la lisa y llana arbitrariedad.</p>
<p>Es indudable que lo que está en juego en todo este  debate es algo más que el posible final de carrera de uno de los  magistrados más famosos de Europa. Los procesos impulsados por Falange y  Manos Limpias deben verse, ante todo, como un importante obstáculo en  la dilatada y dura lucha contra la impunidad de los crímenes  franquistas. De triunfar sus pretensiones, en efecto, las víctimas  continuarían sin poder levantar el cierre de las vías judiciales  ordenado el 17 de julio de 1936. Y continuaría irresuelta, por ejemplo,  la situación de centenares de niños que fueron secuestrados y a los que  se les impusieron, como desaparecidos en vida, identidades falsas.</p>
<p>Por otro lado, estos procesos han puesto en evidencia,  una vez más, que la justicia aun está en manos de una casta conservadora  que reacciona de forma corporativa ante los que se atreven a tocar los  puntos sensibles del entramado del poder más tradicional. El uso espurio  del derecho penal contra Garzón ha hecho recordar a muchos que los  magistrados del Tribunal Supremo juraron al acceder a la carrera  judicial el &#8220;acatamiento a los Principios Fundamentales del Movimiento y  demás leyes fundamentales del Reino&#8221;. Hoy, incluso, alguno de ellos  declara su simpatía y comprensión hacia el golpe militar. Ello redunda  en la creciente percepción de que la transición todavía no ha concluido  hasta el punto de que algunos, acaso exageradamente, han calificado la  actual situación como el “peor golpe sucedido en democracia desde el  14-F”.</p>
<p>En tercer lugar, las actuaciones contra Garzón suponen  un duro golpe a la legalidad vigente basado en la errónea contraposición  entre el derecho interno y un derecho internacional que, al cabo, ha  sido ratificado por el propio Estado. Es admisible discutir  jurídicamente si las actuaciones  realizadas por Garzón han sido las más  adecuadas. De hecho, no faltan magistrados, incluso dentro de la  Audiencia Nacional, que consideran que había vías judiciales más idóneas  para investigar los crímenes franquistas. Lo que no es de recibo es  colocar principios como el de imprescriptibilidad y prohibición de  amnistía fuera del ámbito de lo jurídico, calificando como prevaricadora  su aplicación judicial. Es esta última pretensión, en realidad, la que  podría considerarse prevaricadora, además de un grave ataque a la  independencia y a la discrepancia judicial que apuntala una cultura  jurisdiccional jerarquizada y autoritaria. De aceptarse, en efecto, este  tipo de tesis, el resultado sería el moldeo paulatino de jueces  conformistas o sumisos al poder y el amedrentamiento de los más  garantistas con una consigna clara: evitar la persecución de los  desmanes de los poderosos, tanto del pasado como del presente,  y  reducir la propia función al castigo de los más débiles. En el caso de  los crímenes del franquismo, el mensaje se ha entendido. La mayoría de  los 46 juzgados territoriales que recibieron la causa de Garzón han  aplicado la “doctrina Varela”, dándoles carpetazo sin tan siquiera citar  a los familiares de las víctimas.</p>
<p>La gravedad de estas actuaciones explica en buena medida  los numerosos actos de solidaridad con Garzón de sindicatos,  intelectuales y organizaciones de derechos humanos tanto en el Estado  español como fuera de él. El problema, sin embargo, es que estas  movilizaciones, al centrarse en la defensa del juez, han generado dos  inconvenientes difíciles de dirigir para algunos sectores críticos. Por  un lado, no han dado suficiente entidad –al menos en un primer momento- a  los derechos de los víctimas, minimizando el papel de decenas de  asociaciones y colectivos que, de manera anónima, llevan años luchando  contra la impunidad de los crímenes de lesa humanidad. Pero lo más  grave, quizás, es que han contribuido a difundir una imagen elegíaca del  juez que oscurece un currículo en el que abundan no pocas sombras.  Garzón, en efecto, es el juez que ha impulsado valientes causas contra  las dictaduras de Chile o Argentina. Pero también es el juez que, movido  por su megalomanía y su hiperactivismo, ha labrado un modus operandi  caracterizado por la ligereza y por actuaciones procesales claramente  vulneradoras de derechos humanos fundamentales.</p>
<p>Algunas de las actuaciones más cuestionables de Garzón,  aunque no las únicas, son las vinculadas a la lucha contra supuestos  “terroristas” anarquistas, islamistas o independentistas.  Sintomáticamente, estas actuaciones suelen ser ignoradas o consideradas  una cuestión menor por buena parte del progresismo español y de algunos  colectivos de lucha contra la impunidad de otros países (sobre todo de  América Latina). Sin embargo, constituyen un elemento insoslayable en la  construcción del “mito” Garzón. No es un secreto, por ejemplo, el  empleo abusivo por parte del juez de extensos secretos sumariales y  períodos de incomunicación para personas acusadas de terrorismo, una  práctica fuertemente cuestionada por los organismos internacionales.  Tampoco es desconocida su impasibilidad frente a las denuncias por  torturas de detenidos puestos a su disposición. Esta desidia, de hecho,  llevó al Tribunal de Estrasburgo, en el 2004, a condenar por primera vez  al Estado por la violación de derechos humanos que la falta de  actuación de Garzón había causado a la trentena de independentistas  catalanes detenidos a propósito de una operación policial en vísperas de  los Juegos Olímpicos de 1992.</p>
<p>En estos y otros casos, junto al Jekyll impulsor de los  procesos contra los GAL, a favor de la justicia universal o contra la  trama Gürtel, convive el Hyde que, con el mismo desenfado, estrecha  lazos con grandes empresarios, no tiene reparo en procesar a decenas de  personas manejando pruebas de tan dudosa legalidad como las  autoinculpaciones arrancadas a la fuerza en Guantánamo, o emprende  procesos inquisitoriales contra supuestos “extremistas”, a partir de  apriorismos, analogías y teorías conspirativas o extravagantes. Una de  ellas fue la que le llevó a acusar a Batasuna de “genocidio” y “limpieza  étnica” sobre la población no nacionalista, valiéndose de estrambóticas  estadísticas poblacionales y asimilando su proyecto político al del  Partido Nacional Socialista Alemán durante la República de Weimar. Fue precisamente en el contexto de la lucha contra el llamado “entorno  de ETA” cuando Garzón acabó de consolidar su perfil de juez poco  riguroso y garantista, contribuyendo como pocos a la erosión de la   presunción de inocencia o a la utilización desquiciada, en fase de  instrucción, de medidas cautelares como la prisión preventiva, las  entradas y registros de despachos profesionales, la interceptación de  las comunicaciones, la clausura de entidades y medios de comunicación, o  los embargos sobre sus patrimonios. El propio calvario atravesado por  los periodistas y responsables de Egunkaria o Ekin no podría entenderse  sin una serie de prejuicios judiciales que el propio Garzón ha  contribuido a cultivar en sumarios como el 18/98 y que hoy, por otras  razones, se vuelven en su contra.</p>
<p>Muchas de estas actuaciones granjearon a Garzón el  reconocimiento de la derecha y del sector más españolista de la  izquierda. El Gobierno Aznar, de hecho, llegó a otorgarle el máximo  galardón al Mérito Policial, con pensión incluida. Sin embargo, este  hiperactivismo no encontró el mismo eco favorable entre sus compañeros  de carrera, que ya entonces comenzaron a ver con suspicacia la ligereza  con que despechaba sus investigaciones y el poco control que ejercía  sobre la labor policial.  Por ese entonces, el magistrado de la Audiencia de Madrid, Joaquín  Navarro, llegó a declarar que “Garzón es un juez que se inventa casi  todo” y el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) le expedientó por  ello. Pero donde encontró un importante escollo a sus tesis fue en la  propia Audiencia Nacional, que reiteradamente desautorizó la  desproporcionada aplicación por parte de Garzón de la prisión  provisional y el uso extensivo del concepto de terrorismo. Tal situación  duró hasta que el CGPJ, con mayoría conservadora, decidió separar a  todos los magistrados de la Sección Quinta de sus funciones  jurisdiccionales.</p>
<p>Estos antecedentes contribuyen a explicar por qué una  parte no desdeñable de jueces, muchos de ellos perteneciente a  organizaciones nada cercanas a los planteamientos de la derecha, como  Jueces para la Democracia, han visto con buenos ojos la actuación de  Varela contra Garzón o, al menos, han mantenido un conspicuo silencio.  Incluso explica que no falten quienes apoyan las intervención judicial  en materia de memoria histórica o contra la trama Gürtel, pero  consideran una catástrofe que estos casos hayan caído en manos de un  juez cuya falta de diligencia y de solidez jurídica puede poner en  peligro la viabilidad de los procesos.</p>
<p>Lo cierto, en todo caso, es que lejos de probar la  independencia de un juez que “va contra todos”, el impulsivo y  desnortado modus operandi de Garzón responde más bien a una especie de  “populismo justiciero” en el que los aciertos y las aberraciones se  alternan de manera caprichosa. Así, por cada actuación dirigida a  quebrar el cerco de impunidad de poderosos de distinta laya, es posible  señalar otras que han conducido  a la detención y al encarcelamiento de  centenares de personas luego declaradas inocentes, a cierres cautelares  de periodicos luego declarados ilegales, así como severas restricciones a  la libertad ideológica y de expresión.</p>
<p>Otorgar a todos estos elementos su peso justo en el  actual debate social no es sencillo, sobre todo porque las batallas no  siempre se presentan en condiciones que se han podido escoger. Colocar  en primer plano las críticas a Garzón, subestimando la estrategia de una  poderosa derecha judicial y política reacia aún a condenar al régimen  anterior sería seguramente un error que, a la larga, acabaría por  debilitar el enérgico movimiento contra la impunidad de los crímenes  franquistas surgido recientemente. Sin embargo, aceptar sin más la  versión elegíaca del juez que ha pretendido proyectar parte de este  movimiento también sería una manera de esterilizarlo de cara una  discurso de los derechos humanos que, si quiere ser coherente y eficaz,  ha de ser capaz de erradicar los dobles raseros y de llamar las cosas  por su nombre.</p>
</div>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Constitución: una crítica profana</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Dec 2008 19:15:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>egluu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cada efeméride de la Constitución trae consigo una postal similar: la de una clase dirigente casi unánimemente dispuesta a entonar las loas de un texto presentado como insuperable garantía de convivencia, unidad y libertad. A tres décadas de su aprobación, sin embargo, esta imagen sacralizada del texto de 1978 resulta un escollo para la profundización [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.nohihadret.cat/wp-content/uploads/2008/12/constituciin.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-144" title="constituciin" src="http://www.nohihadret.cat/wp-content/uploads/2008/12/constituciin-268x300.jpg" alt="" width="268" height="300" /></a>Cada efeméride de la Constitución trae consigo una postal similar: la de una clase dirigente casi unánimemente dispuesta a entonar las loas de un texto presentado como insuperable garantía de convivencia, unidad y libertad. A tres décadas de su aprobación, sin embargo, esta imagen sacralizada del texto de 1978 resulta un escollo para la profundización democrática.<br />
Hija de la presión en la calle, pero también del miedo y de una adhesión casi forzosa a las condiciones impuestas por los sectores duros y moderados del régimen franquista, la Constitución ha condicionado notablemente el desarrollo político posterior. No tal o cual artículo, sino la interpretación dominante de la misma, sus principales leyes de desarrollo, las actuaciones y omisiones que han alterado su sentido o la han privado de efecto. Es el propio sistema constitucional, en realidad, el que se ha convertido en elemento de bloqueo para una genuina regeneración democrática.</p>
<p>Disipado el ruido de sables, la democracia española sigue siendo una democracia de baja intensidad. Este fue el modelo que se fraguó en la Transición y nunca fue del todo contradicho. Por el contrario, las élites que la protagonizaron se sintieron cómodas o se acomodaron a una democracia de representantes, dominada por las cúpulas de los grandes partidos y claramente reticente a abrir cauces de participación ciudadana. Ahí están, como prueba, la exigua iniciativa para reformar una legislación electoral que distorsiona la voluntad ciudadana, la mezquina cabida dada a las iniciativas legislativas populares o a los referendos, la negación del derecho de voto a las personas migrantes, la lamentable evolución de la legislación sobre partidos o, simplemente, la dificultad para asumir en términos no criminalizadores el conflicto y la disidencia política.</p>
<p>Esta sensación de bloqueo es extensible también al ámbito social. La Constitución del 78 fue aprobada en los inicios de la crisis del Estado de Bienestar, y los Pactos de La Moncloa dejaron claro desde un principio las líneas rojas que no podían transgredirse en materia económica. Así, los derechos sociales recibieron un reconocimiento debilitado y su desarrollo acabó supeditado a criterios de “estabilización” económica que no beneficiaron a todos por igual. La incorporación acrítica al proceso de integración europea y, sobre todo, la asunción de los criterios de convergencia consagrados en Maastricht, acabaron por forjar un corsé neoliberal que neutralizaría el despliegue de la Constitución social y ambiental. Los resultados saltan a la vista: la economía española ha crecido, sí, pero en un sentido irracional, insostenible e injusto, con estándares sociales y ecológicos muy inferiores a los de otros países europeos (algunos de los cuales, como Noruega, ni siquiera forman parte de la Unión Europea).<br />
Otra de las hipotecas heredadas tiene que ver con el pluralismo territorial. Todavía en 1977, una parte importante de la izquierda –incluidos el PSOE y el PCE– reclamaban un Estado federal respetuoso con el derecho democrático a la autodeterminación de los pueblos. La Constitución, empero, se limitó a consagrar un modelo abierto de descentralización, condicionado por la<br />
“indisoluble unidad de la Nación española” y cuya integridad el artículo 8 confía al Ejército. El Estado de as autonomías se desarrolló así a regañadientes. Las resistencias centralistas y españolistas no dejaron de aflorar una y otra vez. Desde la LOAPA, de infausta memoria, hasta la reciente sentencia del Tribunal Constitucional sobre la ley de consultas vasca o la histeria jurídico-política generada en torno al nuevo Estatuto catalán.</p>
<p>Otro tanto podría decirse de la monarquía, que, amparada en el mito del “motor de la democracia”, terminaría por convertirse en una institución superprotegida constitucional y penalmente y prácticamente blindada a la crítica social. O de la Iglesia católica, cuyo poder, a pesar de la supuesta aconfensionalidad del Estado, ha sido enorme, y le permite exigir prebendas políticas o económicas como contrapartida a cada avance en un sentido laico. O de la ausencia, en suma, de una sólida cultura antifranquista, que permita juzgar con naturalidad crímenes que no sólo ofenden a sus víctimas, sino al conjunto de la sociedad.<br />
Se podrá decir que esta lectura peca por simplista. Que en el balance pesan más los avances que los retrocesos.</p>
<p>Tal vez. Pero buena parte de los avances políticos, sociales, culturales de los últimos años, han estado vinculados, más a luchas cotidianas, persistentes, construidas desde abajo, que al marco constitucional gestionado por las clases dirigentes. Dicho marco, por el contrario, arrastra ya muchas sombras. 30 años después, es imprescindible una revisión profunda y profana del mismo, que lo despoje de su aura de sacralidad. Una crítica de este tipo no puede reducirse a una simple apelación a la reforma constitucional, uyos rígidos mecanismos son parte del problema. Exige algo más. Acaso la movilización y organización, lenta pero firme, de una opinión pública realmente democratizadora, republicana y, por tanto, constituyente.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Discutir sobre civismo un año despues</title>
		<link>http://www.nohihadret.cat/2007/02/discutir-sobre-civismo-un-ano-despues/</link>
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		<pubDate>Tue, 06 Feb 2007 18:06:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>egluu</dc:creator>
				<category><![CDATA[Articles El Pais]]></category>
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		<description><![CDATA[Hace poco más de un año, la lucha contra el incivismo y la inseguridad ciudadana ocupaba un lugar central entre las preocupaciones de las autoridades municipales de Barcelona. Esa preocupación se materializó en lo que se popularizó como la &#8220;ordenanza del civismo&#8221; ¿Qué balance puede extraerse hoy de su entrada en vigor? La ordenanza convierte [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace poco más de un año, la lucha contra el incivismo y la  inseguridad ciudadana ocupaba un lugar central entre las preocupaciones  de las autoridades municipales de Barcelona. Esa preocupación se  materializó en lo que se popularizó como la &#8220;ordenanza del civismo&#8221; ¿Qué  balance puede extraerse hoy de su entrada en vigor?</p>
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<h3><span style="font-size: 13px; font-weight: normal;">La ordenanza convierte a los más vulnerables en cabezas de turco del malestar social general</span></h3>
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<p>A primera vista, la ordenanza ha servido para sosegar los ánimos de  quienes consideraban que la ciudad se encontraba inmersa en una deriva  caótica y que para aplacarla había que aplicar &#8220;mano dura&#8221; a los  pequeños desórdenes urbanos. Poco importó que para hacerlo se estampara  el sello del incivismo en conductas tan disímiles como el vandalismo, la  mendicidad, el patinaje callejero o el trabajo sexual. O que en un  alarde de firmeza se recurriera a sanciones draconianas y de discutida  cobertura legal, totalmente desproporcionadas en relación con los  objetivos perseguidos.</p>
<p>Lo cierto es que el &#8220;populismo punitivo&#8221; se  ha convertido en un recurso tentador que recluta partidarios no sólo  entre las filas conservadoras sino también entre la izquierda  institucional. Empeñada en despejar cualquier sospecha sobre su  capacidad para garantizar la gobernabilidad y moverse con soltura al  abordar un conflicto en términos policiales, una parte de esta última se  ha sumado sin tapujos al discurso de ley y orden de sus adversarios,  superándolos a veces en gestos y declaraciones de intenciones.</p>
<p>Pero  se trata de una dureza retórica de limitada eficacia práctica, que con  frecuencia ha servido para disimular la propia impotencia en otros  campos, como el de las políticas sociales. El inventario provisional de  la ordenanza lo refleja con claridad: indigentes sancionados con multas  de hasta 3.000 euros, trabajadoras sexuales expuestas al estigma, la  precariedad y la discrecionalidad policial, decenas de expresiones  políticas, sociales y culturales no autorizadas en nombre de la  &#8220;convivencia cívica&#8221;. Y como corolario paradójico, un abrupto &#8220;botellón&#8221;  en una ciudad que desconocía el fenómeno hasta la aprobación de la  ordenanza.</p>
<p>En realidad, la efectividad de estas medidas es sobre  todo simbólica. El estigma que se proyecta sobre los más vulnerables  ahonda su marginación y los convierte en cabezas de turco del malestar  social general. Pero contribuye, sobre todo, a silenciar las prácticas  de quienes, por su mayor capacidad económica, gozan de un acceso  privilegiado al espacio público. Quien mendiga, quien se baña en una  fuente o quien acampa en una plaza para reivindicar derechos que  incumben a todos, se convierte en arquetipo del &#8220;ciudadano desviado&#8221;, al  que debe sancionarse de manera ejemplificadora. Quien especula, quien  vende ocio, quien produce ruido o contamina visualmente, pero paga lo  suficiente por ello, es en cambio discretamente tolerado, cuando no  subvencionado o protegido, sin perder en ningún momento su condición de  &#8220;ciudadano respetable&#8221;.</p>
<p>Sería injusto, en cualquier caso, atribuir  a las autoridades barcelonesas la paternidad de este modelo que  identifica la seguridad ciudadana con una cruzada punitiva contra las  pequeñas ilegalidades, la marginalidad social o cierta disidencia  política y cultural. Sus antecedentes se remontan al menos a las viejas  Leyes de Vagos y Maleantes y guardan un estrecho parentesco con las  políticas de &#8220;tolerancia cero&#8221; impulsadas por Rudolf Giuliani, en Nueva  York, o por Nicolás Sarkozy.</p>
<p>Estas políticas siempre han sido  objeto de contestación, sobre todo por parte de quienes las han  considerado una amenaza para el pluralismo político, social y cultural.  El potente movimiento por el derecho a una vivienda digna, en Barcelona,  o los Hijos de Don Quijote, en París, son un expresión de ese fenómeno.  De hecho, una de sus principales contribuciones al debate público es  haber instalado algunas cuestiones de indudable alcance pedagógico. Una  de ellas: subrayar el vínculo, con frecuencia silenciado, entre  inseguridad, desintegración social y el proceso de privatización y  segregación espacial que afecta a la mayoría de las ciudades europeas.  Otra: recordar que si la vivienda, como la educación o la salud, es un  auténtico derecho exigible, no cabe consentir su reducción a una simple  mercancía o a una concesión discrecional, revocables por el poder  político de turno. Una última: recordar que los derechos y la  democratización del espacio público no son nunca regalos caídos del  cielo. Se conquistan y defienden día a día, en las instituciones, pero  también más allá de ellas.</p>
<p>Estas ideas suelen inquietar a los  poderes fácticos. Sin embargo, están estrechamente ligadas a una  concepción robusta y dinámica del principio democrático. No hay  democracia sin ciudadanos activos dispuestos a entregar parte de su  tiempo y energías tanto a la construcción y tutela de los propios  derechos como a la interpelación de quienes tienen mayores  responsabilidades políticas y económicas.</p>
<p>Si 2006 fue el año que  instaló el debate sobre el civismo y la seguridad, 2007 será el de las  alternativas a las lecturas simplistas y electoralistas de estos  conceptos. Para que el discurso sobre el civismo no quede reducido a  simple dispositivo punitivo dirigido a sancionar al débil y a absolver  al más fuerte, es necesario asentarlo, más que en la vaporosa proclama  del <em>derecho a la seguridad</em>, en la <em>seguridad en los derechos</em> civiles, políticos, sociales y culturales de todos los habitantes. Esto  supone aceptar lo obvio: que no hay disfrute estable, seguro, de los  propios derechos, sin garantías frente a la arbitrariedad pública y  privada y, sobre todo, sin que el más mínimo acto de atropello contra  los más vulnerables sea considerado una ofensa anticipada al conjunto de  la sociedad. Ni más ni menos.</p>
<p><strong>Jaume Asens</strong> es vocal de la Comisión de Defensa del Colegio de Abogados y <strong>Gerardo Pisarello</strong> es vicepresidente del Observatorio de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.</p>
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