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	<title>No hi ha dret(s) &#187; Pau</title>
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		<title>Los enemigos de la paz y el derecho a decidir</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Jan 2014 23:17:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nohihadret</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La manifestación del domingo en Bilbao fue una de las más multitudinarias de los últimos años. Decenas de miles de personas marcharon juntas bajo una misma pancarta: “Derechos Humanos, Acuerdo y Paz”. La consigna unió, después de mucho tiempo, a gentes del PNV y de Bildu. La razón no es un misterio: la ceguera de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><span style="line-height: 1.5em;">La manifestación del domingo en Bilbao fue una de las más multitudinarias de los últimos años. Decenas de miles de personas marcharon juntas bajo una misma pancarta: “Derechos Humanos, Acuerdo y Paz”. La consigna unió, después de mucho tiempo, a gentes del PNV y de Bildu. La razón no es un misterio: la ceguera de un Gobierno y de un sector del Poder Judicial incapaces de aceptar la irreversibilidad del proceso de paz abierto en el País Vasco tras la decisión de ETA de 2011 de abandonar las armas.</span></p>
<p>No es una novedad que la derecha utilice la cuestión vasca (y la catalana) para ocultar su responsabilidad en la crisis y para fomentar un nacionalismo español autoritario y anti-democrático. Sin embargo, es dudoso que la operación pueda repetirse ad nauseam. Hace unas semanas, el colectivo de expresos de ETA reconoció el daño que había causado y rechazó el uso de la violencia para lograr sus objetivos políticos. Para algunos, comenzando por las víctimas de esa violencia, puede resultar insuficiente. Pero es mucho más de lo que ha hecho el Gobierno, empeñado en volver inviable el proceso de paz, a fuerza de convertirlo en una suerte de imposición arrogante de los vencedores sobre los vencidos, incluidas sus familias.</p>
<p>Los participantes en la declaración no eran aprovechados que hablaran amparándose en la impunidad. Eran personas que habían pagado sus delitos con prisión de entre 20 y 30 años (a veces más). Todo ello en un país donde supuestamente las penas no pueden utilizarse como una forma de venganza o de castigo sin límites. La declaración podrá no complacer las demandas de algunos. Pero asumía la legalidad penitenciaria y, lejos de la antigua reclamación de amnistía, se mostraba abierta a la reinserción individual de los presos. Esta era una de las exigencias principales de grupos pacifistas vascos como Lokarri y de varias organizaciones internacionales de resolución de conflictos. También formaba parte de la llamada Vía Nanclares, puesta en marcha por el Gobierno de Zapatero tras el fracaso del proceso de diálogo de 2006. Se trataba, pues, de un paso previo al proceso unilateral de disolución de la banda y de una apuesta decisiva para consolidar el anuncio del cese definitivo.</p>
<p>A pesar de todo ello, el Gobierno del PP y sus aliados judiciales reaccionaron de la manera más cerril posible. El juez de la Audiencia Nacional, Eloy Velasco, decidió prohibir la marcha en favor de un cambio de política penitenciaria convocada por el colectivo “Tantaz Tanta” (Gota a Gota). Velasco no es un juez cualquiera. Fue miembro del Gobierno del PP en Valencia y sus actuaciones en esta cuestión están signadas por un revanchismo incompatible con un mínimo de independencia. El magistrado que examinó antes que él la legalidad de la manifestación, Pablo Ruz, consideró que no existían indicios de que con ella se buscara “enaltecer el terrorismo”. Sin embargo, Velasco sostuvo que la organización convocante era una tapadera de otra suspendida judicialmente por formar parte del “entramado de ETA”. Las pruebas, en su opinión, eran concluyentes: el objetivo de la movilización coincidía con otros similares defendidos por la organización suspendida; ergo, se trataba de una estrategia al servicio del terrorismo.</p>
<p>También el ministro Fernández Díaz reaccionó a las peticiones de los colectivos de presos con una contraofensiva represiva. Ordenó un registro irregular del despacho del abogado y senador por Bildu, Iñaki Goioaga, así como la detención de tres letrados acusados de hacer de puente entre los presos y el mundo exterior. El Colegio de abogados de Bizkaia calificó la operación policial de despropósito e incluso desde El País se sugirió que el objetivo de estas medidas era torpedear el proceso de paz.</p>
<p>Ciertamente, ni el Partido Popular ni sus aliados en el poder judicial han actuado siempre así. Cuando el ex presidente Aznar carecía de mayoría absoluta, autorizó contactos con lo que el mismo llamaba “Movimiento de Liberación Nacional Vasco”. Asimismo, acercó a 200 presos a las cárceles vascas en plena actividad frenética de la banda. El propio lehendakari Iñigo Urkullu recordó con perplejidad que este tipo de marchas llevaba años realizándose, incluso cuando ETA seguía asesinando.</p>
<p>Con la insistencia en su línea más dura, sin duda, el Gobierno pretende remontar en las encuestas, contentar a sus sectores más extremistas y paralizar a quienes discrepan. Lo mismo en el País Vasco que en Cataluña, contra los recortes o contra la criminalización del aborto. Puede que se salga con la suya. Pero semejante siembra puede traer consigo más de una tempestad. La obsesión por dinamitar todos los puentes hacia la paz, identificándolos con una estrategia al servicio de ETA, ha emponzoñado la vida en el País Vasco y fuera de él hasta límites indecentes. Ha servido para cerrar periódicos, ilegalizar formaciones políticas, prohibir manifestaciones, imputar a personas de acreditadas convicciones pacifistas o simplemente impedir reuniones, manifestaciones o debates públicos. Sin embargo, se trata de un camino que comienza resultar intolerable incluso para gente que no pertenece al mundo abertzale.</p>
<p>Tras el éxito de la manifestación del domingo en Bilbao, un grupo de organizaciones ha anunciado, para los próximos meses, una cadena humana de Durango a Pamplona a favor del “derecho a decidir”. Ya no solo es Cataluña. Es también el País Vasco. Y son, en realidad, muchos otros rincones del Estado en los que el derecho a manifestarse, a protestar, a recuperar los espacios de decisión ilegítimamente expropiados, comienza a ser visto como algo irrenunciable. Contra el miedo, contra la violencia de un Gobierno cínico y arbitrario, y en defensa de la democracia. Habrá que ver qué ocurre.</p>
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		<title>Una agenda para la paz</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Feb 2011 08:46:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>egluu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El rechazo explícito de la violencia de ETA por parte de la izquierda abertzale ha abierto un escenario inédito. La reacción del Gobierno ha oscilado entre la satisfacción moderada y la parálisis. Siempre con el ojo puesto en una oposición más preocupada en mantener la baza electoral de la firmeza antiterrorista que en allanar el [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El rechazo explícito de la violencia de ETA por parte de la izquierda abertzale ha abierto un escenario inédito. La reacción del Gobierno ha oscilado entre la satisfacción moderada y la parálisis. Siempre con el ojo puesto en una oposición más preocupada en mantener la baza electoral de la firmeza antiterrorista que en allanar el camino a la paz. Lo cierto es que la nueva toma de posición va mucho más allá de lo esperado. Debería verse, pues, como un movimiento histórico, de mayor trascendencia que cualquier comunicado de ETA, que interpela a toda la sociedad.</p>
<p>¿Se habría llegado antes a este punto de no existir la Ley de Partidos? ¿O sin los instrumentos normativos y judiciales que, de modo más o menos arbitrario, han dejado fuera de juego a todo lo que se ha considerado “entorno de ETA”? Es difícil conjeturarlo. Pero hay algo seguro. Las políticas de excepción aplicadas contra la izquierda abertzale, sumadas a la errática deriva de ETA, habían generado una situación insoportable. Para sus bases, por supuesto. Pero también para muchos actores externos contrarios al recorte de libertades emprendido en nombre de la lucha contra la violencia terrorista.</p>
<p><img src="http://blogs.publico.es/dominiopublico/files/2011/02/ETA_ALTA-RESweb.jpg" alt="" width="450" height="240" /><br />
No se está, pues, ante un acceso súbito de virtuosismo. El alto el fuego “permanente, general y verificable” de ETA no hubiera sido posible sin la Declaración de Bruselas impulsada por Brian Currin. Tampoco la apuesta de la izquierda abertzale puede reducirse a un simple episodio coyuntural. Tiene su origen en Declaraciones y Acuerdos como los de Anoeta (2004), Alsasua (2009) o Guernica (2010). Y es el resultado de un proceso largo, que incluye un profundo debate interno y externo con una pluralidad de organizaciones sociales y sindicales. Desde esta perspectiva, los estatutos de Sortu no deberían sorprender tanto. Reflejan, sí, una revisión radical de la propia cultura política. Pero es una decisión meditada, hija también de la necesidad de dar a una política de excepción una respuesta igualmente excepcional. Sólo así se explican algunos de los pasos dados. Desde el rechazo sin ambages de la violencia de ETA a la alusión al reconocimiento y reparación de todas las víctimas, en consonancia con los principios de Mitchell que inspiraron el proceso de paz irlandés, pasando por previsiones como la expulsión de los afiliados que incumplan la Ley de Partidos.</p>
<p>Algunos, como el exfiscal Mena, han llegado a calificar los nuevos estatutos de más “impecables” que los de cualquier otra formación. Otros, como el PP, han insistido en la falta de sinceridad y en la insuficiencia del gesto. ¿Qué ocurriría, sin embargo, si esta severa política de la sospecha se aplicara a su propio partido, que en un abrir y cerrar de ojos reconvirtió sin pudor a reputados miembros del aparato franquista en “demócratas de toda la vida”? ¿Cómo puede exigir condenas sin paliativos de todo tipo de violencia quien no la censura en el franquismo o la azuza contra los inmigrantes?</p>
<p>En 2007, el Tribunal Supremo estableció que para que un nuevo partido abertzale no fuera considerado “continuación de otros ilegales” debía exhibir “una actitud de condena o rechazo del terrorismo”. El criterio es discutible. Lo innegable es que los estatutos de Sortu se ajustan escrupulosamente a él. Desconocerlo supondría poner en entredicho el alcance del principio democrático y del pluralismo político. Ciertamente, se podría haber ido más allá en el reconocimiento específico de las víctimas de ETA. Pero esto es una exigencia moral, no jurídica, cuya concreción también depende de la existencia de vías políticas que la faciliten.<br />
En rigor, la iniciativa abertzale es lo suficientemente valiente como para emplazar a los poderes públicos a dar sus propios pasos. En una dirección clara: desmontar las medidas de excepcionalidad –muchas de ellas condenadas por la ONU y otras instancias internacionales– que han limitado el ejercicio de derechos de parte de la ciudadanía vasca. Para ello sería imprescindible que se abandonaran interpretaciones judiciales alambicadas utilizadas para evitar la resocialización de los presos, como la llamada doctrina Parot, o para impedir de manera arbitraria la libertad provisional de actores centrales en el proceso de paz como Arnaldo Otegi. En el ámbito penitenciario debería ponerse fin a una política de dispersión de presos que, además de discriminatoria, ha acabado por criminalizar a los propios familiares. En el ámbito legislativo, por fin, sería fundamental preparar una agenda para el diálogo que incluyera la recuperación de la legislación ordinaria en derechos como los de asociación, participación política o libertad de expresión.</p>
<p>Nada de esto puede conseguirse de la noche a la mañana. Sería imperdonable, empero, que los cálculos electorales de corto plazo o la falta de coraje político acabaran por frustrar la oportunidad de dejar atrás una situación de anomalía que se ha vuelto intolerable, no sólo para la izquierda abertzale, sino para muchos ciudadanos del resto del Estado. Y es que con ello no sólo se pondría en riesgo la consecución de la paz en Euskadi. También se daría carta de naturalidad a una excepcionalidad que, a la larga, sólo puede emponzoñar la vida política y social general, socavando los fundamentos sobre los que asegura sostenerse el Estado de derecho.</p>
<p><strong>Gerardo Pisarello y Jaume Asens Juristas</strong> y <em>miembros del Observatorio de Derechos Económicos, Sociales<br />
y Culturales de Barcelona</em></p>
<p>Ilustración de<em> Patrick Thomas</em></p>
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		<title>Euskadi: una agenda para la paz</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Feb 2011 10:00:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nohihadret</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Muchos miles de personas, como hacía tiempo que no se veia en la Comunidad Autónoma Vasca, salieron a la calle el 19 de febrero para pedir la legalización de Sortu, el nuevo partido de la izquierda abertzale. Este artículo que a continuación se reproduce fue escrito antes de esta impresionante movilización de la población vasca. [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.nohihadret.cat/wp-content/uploads/2011/02/tumblr_kxuxa1acVE1qay9hdo1_500.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-236" title="tumblr_kxuxa1acVE1qay9hdo1_500" src="http://www.nohihadret.cat/wp-content/uploads/2011/02/tumblr_kxuxa1acVE1qay9hdo1_500-251x300.jpg" alt="" width="251" height="300" /></a>Muchos miles de personas, como hacía tiempo que no se veia en la Comunidad Autónoma Vasca, salieron a la calle el 19 de febrero para pedir la legalización de Sortu, el nuevo partido de la izquierda abertzale. Este artículo que a continuación se reproduce fue escrito antes de esta impresionante movilización de la población vasca.</p>
<p>El rechazo explícito de la violencia, incluida la de ETA, por parte de la izquierda abertzale, ha abierto un escenario inédito en Euskadi y en el resto del Estado. La reacción del gobierno ha oscilado entre la satisfacción moderada y la parálisis. Siempre con el ojo puesto en una oposición  más preocupada en mantener la baza electoral de la &#8216;firmeza antiterrorista&#8217; que en allanar el camino a la paz. Lo cierto, en todo caso, es que la nueva toma de posición va mucho más allá de lo esperado. No sólo eso. Debería verse como un movimiento histórico, de mayor trascendencia que cualquier comunicado de ETA, que interpela al gobierno y a todos los que apuestan por asegurar el ejercicio democrático de los derechos de todos.</p>
<p>¿Se habría llegado antes a este punto de no existir la ley de partidos? ¿O sin la panoplia de instrumentos normativos y judiciales que, de manera más o menos arbitraria, han dejado fuera de juego a todo lo que se ha considerado &#8220;entorno de ETA&#8221;? Es difícil conjeturarlo. Pero hay algo seguro. Las políticas de excepción aplicadas contra la izquierda abertzale, sumadas a la errática deriva de la organización armada, habían generado una situación insoportable. Para sus bases, desde luego. Pero también para muchos actores externos crecientemente preocupados por el recorte de libertades emprendido en nombre de la lucha contra la violencia terrorista.</p>
<p>No se está, pues, ante un acceso súbito de virtuosismo político. El alto al fuego &#8220;permanente, general y verificable&#8221; anunciado por ETA no hubiera sido posible sin la Declaración de Bruselas impulsada por Brian Currin y por diferentes expertos internacionales en la resolución de conflictos. Tampoco la apuesta de la izquierda abertzale por vías exclusivamente políticas puede reducirse a un simple episodio coyuntural. Tiene su origen en Declaraciones y Acuerdos como los de Anoeta (2004), Alsasua (2009) o Guernica (2010). Y es el resultado de un proceso largo, que ha incluido un profundo debate interno así como la interacción con abanico amplio y plural de organizaciones vascas -de Eusko Alkartasuna a Lokarri, ELA o LAB- e incluso de territorios como Catalunya o Madrid.</p>
<p>Contemplados con esta perspectiva de mediano plazo, los estatutos de Sortu no deberían sorprender tanto. Reflejan, sí, una revisión importante de la propia cultura política. Pero se trata de una decisión meditada, hija también de la necesidad de dar a una política ad hoc, de excepción, una respuesta igualmente excepcional. Sólo así se explican algunos de los pasos dados. Desde el rechazo sin ambages de la violencia de ETA a la alusión al reconocimiento y reparación de todas las víctimas, en consonancia con los principios de Mitchell que inspiraron el proceso de paz irlandés, pasando por la incorporación de previsiones como la expulsión de los afiliados que incumplan la ley de partidos o participen en actos violentos.</p>
<p>Algunos, como el ex-fiscal José María Mena, han visto con claridad el salto adelante y han calificado los nuevos estatutos de más &#8220;impecables&#8221; que los de cualquier otro partido hoy legal. Otros, como el Partido Popular, han insistido mecánicamente en la falta de sinceridad y en la insuficiencia del gesto y han amenazado con romper el gobierno vasco si la nueva formación no se ilegaliza de manera fulminante. Esta actitud mueve a la perplejidad ¿Qué ocurriría, en efecto, si esta severa política de la sospecha se aplicara a su propio partido, que en un abrir y cerrar de ojos reconvirtió sin pudor a reputados miembros del aparato franquista en &#8220;demócratas de toda la vida&#8221;? ¿Cómo puede exigir condenas sin paliativos de todo tipo de violencia quien se niega a censurar al franquismo y a retirar sus símbolos, o quien la azuza sin miramientos contra la población inmigrante, como se vio en la reciente campaña catalana?</p>
<p>En su sentencia de 2007 sobre Abertzale Sozialisten Batasuna (ASB), el Tribunal Supremo estableció un criterio claro: para que un nuevo partido de la izquierda abertzale no fuera considerado &#8220;continuación de otros ilegales y disueltos&#8221; debía exhibir, a modo de contraindicio, &#8220;una actitud de condena o rechazo del terrorismo&#8221;, y en concreto, &#8220;de una determinada manifestación de violencia, la llevada a cabo por la organización ETA&#8221;. Jurídicamente, la exigencia es discutible. Lo que es innegable es que los estatutos de Sortu se ajustan escrupulosamente a ella. Desconocerlo, a estas alturas, supondría poner en entredicho el propio alcance que el marco constitucional español atribuye al principio democrático y al pluralismo político. Ciertamente, los promotores de la nueva organización podrían haber ido más allá en el reconocimiento específico de las víctimas de ETA. Pero el desarrollo de una política del perdón es una exigencia moral, no jurídica, cuya concreción también depende de la existencia de vías políticas que la faciliten.</p>
<p>En realidad, la iniciativa de la izquierda abertzale y de quienes la han acompañado en este proceso ha sido lo suficientemente valiente como para emplazar a los poderes públicos a dar sus propios pasos a favor de la paz. Estos pasos deberían apuntar en una dirección clara. En primer lugar, el reconocimiento de un papel específico a los veedores internacionales, permitiéndoles comprobar que efectivamente el alto el fuego es definitivo. En segundo lugar, el progresivo desmantelamiento de todo el entramado de medidas de excepcionalidad –muchas de ellas condenadas por la ONU y otras instancias internacionales- que han condicionado el ejercicio de los derechos civiles y políticos de miles de ciudadanas y ciudadanos vascos a lo largo de estos años.</p>
<p>Para ello sería imprescindible que se abandonaran interpretaciones judiciales alambicadas puestas al servicio de fines ajenos al paradigma garantista. Así, por ejemplo, la llamada &#8216;doctrina Parot&#8217; del Tribunal Supremo, pergeñada con el propósito de evitar la resocialización de los presos y calificada como un &#8220;insólito e insostenible giro interpretativo de la ley&#8221; por un magistrado discrepante del propio Tribunal. O la aplicación extensiva de los conceptos de terrorismo o de apología del terrorismo, utilizados de manera retorcida en Sumario 18/98 o más recientemente, para impedir de manera arbitraria la libertad provisional de actores centrales en el nuevo proceso de paz como Arnaldo Otegi.</p>
<p>La apuesta por interpretaciones garantistas, ajustadas a derecho, no debería verse como ningún salto al vacío. Ya en procesos como los de Egunkaria o Uldalbitza, la Sección Primera de la Audiencia Nacional puso las cosas en su sitio absolviendo a los procesados y recordando, en un guiño volteriano, que en &#8220;un estado democrático deben quedar fuera del ámbito penal la acción política y las opiniones y manifestaciones ideológicas, gusten o no, sean compartidas o no […] incluso cuando repugnen a la inmensa mayoría, como ocurre con el silencio o la falta de condena de los atentados terroristas&#8221;. También la reciente nulidad del juicio contra Otegi por falta de imparcialidad del Tribunal que lo condenó apunta en la misma dirección.</p>
<p>En el ámbito penitenciario, debería ponerse fin, asimismo, a una política de aislamiento y dispersión de presos que, además de ser discriminatoria, ha acabado por criminalizar a los propios familiares. Esto es especialmente relevante si se tiene en cuenta que el Relator Especial contra la Tortura de la ONU, Manfred Nowak, ha vuelto a insistir en su último informe que la actual legislación española en materia de lucha contra el terrorismo &#8220;vulnera las salvaguardas de un Estado de derecho contra los malos tratos y los actos de tortura&#8221;. Otras medidas humanitarias, como la excarcelación de aquellos presos que sufren graves enfermedades o la concesión de la libertad provisional de los que han cumplido los requisitos legales para obtenerla, deberían asumirse como una exigencia garantista y no como un privilegio otorgado &#8220;a quienes no merecen nada&#8221;. El objetivo final, en el fondo, debería ser la paulatina supresión del actual sistema dual de presos &#8220;políticos&#8221; y &#8220;comunes&#8221; y la articulación, sencillamente, de los mecanismos previstos en la ley para un trato más digno y sin agravios de todos.</p>
<p>En el ámbito legislativo, por fin, sería fundamental preparar una agenda para el diálogo que incluyera la recuperación de la legislación penal y administrativa ordinarias en materias como el derecho de asociación, la participación política o la libertad de expresión. Pero no solo eso. Deberían revisarse, como también exige la ONU, normas sustantivas y procesales que han generado una específico &#8220;derecho penal del enemigo&#8221; que ninguna sociedad pluralista debería admitir. Así, por ejemplo, las que contemplan delitos de contornos vaporosos, utilizados para cerrar periódicos o para dotar de relevancia penal a simples opiniones políticas. O las normas procesales que han prolongado el período de detención incomunicada o el límite máximo de cumplimiento de las penas de 30 a 40 años, lo que supone una encubierta introducción de la pena perpetua en el ordenamiento jurídico español.</p>
<p>Nada de esto, es verdad, puede conseguirse de la noche a la mañana. Sería imperdonable, empero, que los cálculos electorales de corto plazo o la falta de coraje político acabaran por frustrar la oportunidad de dejar atrás una situación de anomalía que se ha vuelto intolerable, no sólo para la izquierda abertzale, sino para muchos ciudadanos del resto del Estado. Y es que con ello no sólo se pondría en riesgo la consecución de una paz definitiva en Euskadi. También se daría carta de naturalidad a unas medidas de excepción que, a la larga, sólo pueden emponzoñar la vida política y social, socavando los fundamentos sobre los que asegura sostenerse el Estado de derecho.</p>
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		<title>sin razones para la paz</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Oct 2008 23:36:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nohihadret</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En él último mes se han sucedido una serie de acontecimientos que condicionan severamente el horizonte político y la paz social en el País Vasco y en el conjunto del Estado. El grave atentado de ETA ha sido el último, pero no el único. Con anterioridad, la Audiencia Nacional, el Tribunal Constitucional (TC) y el [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.nohihadret.cat/wp-content/uploads/2008/10/10-04.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-155" title="10-04" src="http://www.nohihadret.cat/wp-content/uploads/2008/10/10-04-281x300.jpg" alt="" width="281" height="300" /></a>En él último mes se han sucedido una serie de acontecimientos que condicionan severamente el horizonte político y la paz social en el País Vasco y en el conjunto del Estado. El grave atentado de ETA ha sido el último, pero no el único. Con anterioridad, la Audiencia Nacional, el Tribunal Constitucional (TC) y el Tribunal Supremo (TS) aportaron su cuota vetando la ley de consulta vasca, ilegalizando a Acción Nacionalista Vasca (ANV) y al Partido Comunista de las Tierras Vascas (PCTV) y cerrando el cerco a las Gestoras pro-amnistía. Estas decisiones fueron celebradas por el Gobierno y por el Partido Popular como una respuesta firme al terrorismo, a sus cómplices y a los caprichos electorales de la Lehendakaritza vasca. Todas, sin embargo, se fundaban en una concepción a todas luces restrictiva, tanto del pluralismo político y del principio democrático como del propio garantismo penal. Tras la reaparición de ETA, en realidad, el actual marco constitucional y legal se presenta como un corsé incapaz de dar una respuesta limpia a la cuestión de la diversidad nacional y cultural del Estado y favorecedor, sobre todo, de las alternativas más irracionales y sectarias.</p>
<p>La ilegalización de ANV y del PCTV ha venido a reforzar la impresión de que la ley de partidos no es más que un instrumento ad hoc que solo opera respecto de quienes pretenden trascender el marco constitucional y según las conveniencias políticas del momento. De lo que se trata, así, es de imponer un veto más o menos discrecional sobre los sectores mayoritarios de la izquierda abertzale e intimidar a quienes persigan fines o sostengan ideas similares. Poco importa que el partido en cuestión renunciara a la violencia en sus estatutos, como ocurría con el octogenario ANV, o que hubiera apostado explícitamente por vías políticas para impulsar sus principios, como el PCTV. Basta con que haya mantenido contactos con miembros de otro partido ilegalizado o que se niegue a “condenar” la violencia en los mismos términos que el PSOE y el Partido Popular, para que se desencadenen sobre él decenas de sanciones, suspensiones y vetos preventivos.</p>
<p>¿Cuál es el sentido de este afán punitivo? ¿Se piensa acaso que servirá para convertir de la noche al día a casi el 15% de la población vasca a las estrategias discursivas y a los puntos de vista de los partidos estatales mayoritarios? La propia Constitución establece que el objetivo de los partidos es expresar, no el consenso, sino el pluralismo político. ¿Cómo se puede forzar a un partido como ANV, con una larga tradición abertzale, a no mantener relaciones con miembros de otras formaciones afines sin sacrificar el derecho de participación política o de asociación? ¿Cómo se puede obligarles a expresarse de una manera u otra sin recortar su libertad ideológica? ¿Qué se pretende que hagan los miembros de partidos ilegalizados cuya capacidad de actuación política queda segada de antemano?</p>
<p>Algo similar puede decirse de la sentencia del TC que frenó la ley de consulta. El objetivo era sencillo: recabar la opinión de la ciudadanía vasca en torno a un acuerdo democrático sobre el “derecho a decidir”, previa renuncia inequívoca de ETA a la violencia. Según el TC, sin embargo, la propuesta no podía prosperar, porque se trataba de un referéndum en toda regla y necesitaba, por tanto, autorización del Estado central. Lo cierto es que, en el caso español, las consultas populares son frecuentes en el ámbito municipal, mientras que en otros países como Alemania, Estados Unidos, México o Suiza, se recurre a ellas también en ámbitos subestatales más amplios. Para el TC, esto último no podría obtenerse sino a través de una reforma de los Estatutos o de la propia Constitución. Esta afirmación, empero, oculta que en aplicación del principio democrático el propio Estado central podría transferir la competencia en la materia a las Comunidades Autónomas, como establece el artículo 150.2. ¿Por qué no se hace? Consultar, después de todo, no presupone un resultado. Un debate amplio sobre el “derecho a decidir” podría llevar a modificar, pero también a mantener, la actual relación entre el País Vasco y el Estado central. ¿Qué se teme en realidad?</p>
<p>En el fondo, tanto las sentencias del TS como la del TC reflejan una enorme falta de confianza en el propio principio democrático. La aplicación abusiva de la ley de partidos, la ilegalización de Gestoras, el macro-proceso 18/98 contra movimientos sociales nacionalistas y no nacionalistas, solo consiguen apuntalar las tesis de los más violentos y debilitar a quienes buscan alternativas pacíficas a la situación actual. El veto a la ley de consulta cumple un papel parecido. Lejos de ser, como se querría, un simple capricho del lehendakari Ibarretxe, había sido apoyada también por Eusko Alkartasuna, Ezker Batua y Aralar. Eso sin contar al sector no desdeñable de la sociedad vasca que comparte el fin pero cuestiona la ingenuidad o la insuficiencia del medio. ¿Por qué un sistema que asegura sostenerse sobre la democracia representativa debería priorizar el statu quo que propugna una minoría parlamentaria que –aunque relevante– se opone a este tipo de iniciativas?</p>
<p>En realidad, este tipo de actuaciones tiene beneficiarios muy concretos. Desde luego, ETA, que tendrá más posibilidades de arrastrar a su lógica de desprecio por la vida a muchos de los que se han quedado sin espacio efectivo para hacer política. Pero también el nacionalismo español, cuyas obsesiones, no condenas o silencios nunca son objeto de ilegalización, y cuyo “derecho a decidir” –sobre sí y sobre los demás– se asegura día a día. Nada de esto, como es evidente, mejorará la convivencia ni traerá la paz. La mayoría de la derecha española y una parte de la izquierda pueden sentirse complacidas. Pero, ¿y el resto? Cuando las alternativas razonables se bloquean: ¿dónde se puede colocar el propio compromiso con la profundización democrática, el pluralismo político y el garantismo jurídico?</p>
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