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	<title>No hi ha dret(s) &#187; Refugi</title>
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		<title>El dedo acusador de Aylan</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Sep 2016 12:45:10 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Articles a Eldiario.es]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<div>“La fotografía no puede cambiar la realidad pero sí puede mostrarla”. Esa es la famosa frase del fotoperiodista británico Fred Mc Cullin sobre el valor del arte de obtener imágenes. Con ellas podemos, en efecto, ver un mundo que a menudo deseamos ignorar. Lo cierto, no obstante, es que hay imágenes que no solo nos señalan la cruda realidad con impotencia. Como una piedra lanzada en un estanque, su efecto multiplicador en la retina de quien las mira puede cambiar las cosas. La niña Kim Phuc corriendo rociada de napalm, por ejemplo, alteró por completo la visión de los norteamericanos de la guerra de Vietnam. Una de las fotografías que, precisamente, más ha conmovido al mundo en los últimos tiempos ha sido la de Aylan. La de un niño de 3 años ahogado en la orilla de una playa. Con la conmemoración de un año de su publicación, justo hoy, resulta pertinente preguntarnos por la capacidad que tuvo por cambiar el mundo que lo ahogó. Lo primero que llama poderosamente la atención de esa imagen es su eficacia para golpear y agitar conciencias. En poco tiempo se convirtió, de hecho, en un icono o símbolo del éxodo sirio. Con anterioridad, el mismo mar que se tragó a Aylan había escupido miles de cadáveres de personas que huían del horror. Entre ellos, otros niños y niñas. La atrofia moral de nuestra sociedad, no obstante, parecía ignorarlos. Como si tras esa larga lista negra no hubiera rostros, nombres y vidas truncadas. ¿Por qué la fría e insensible sociedad europea reaccionó con escándalo, en cambio, con Aylan?  Como supo ver Aristóteles en su Retórica, la compasión es un fenómeno de cercanía. Una media distancia entre lo demasiado próximo y lo demasiado lejano, donde desaparecen las diferencias de nuestra vista. La figura del pequeño se hizo emotiva, próxima, porque la tragedia que lo había matado estaba lejos pero su muerte efectiva acaeció en nuestras playas. Aylan, un niño de origen kurdo, de repente,  podía ser “uno de los nuestros”. Estaba tendido en la arena, como dormido boca en tierra. Esa calma, su piel blanca, sus zapatos, el pantalón corto y la camiseta roja podrían ser los de cualquier niño europeo. Con ello, la fotografía estimulaba la capacidad de ponerse en su lugar. O más bien en el de sus familiares. &#8220;¡Podría ser mi hijo!” Las fotos, es obvio, dicen más de quien las mira que del fotografiado. En este caso, tiene más que ver con esa sociedad opulenta de lágrimas de cocodrilo a la otra que se ahoga en el mar que les separa.</p>
<div> Sea como sea, lo cierto es que en ese momento la imagen movió los cimientos de Europa. La sociedad, acomodada y aséptica, rompió su coraza de indiferencia y se vio implicada de pronto en el desastre humanitario más grave desde la Segunda Guerra Mundial. Mensajes de solidaridad como el Welcome Refugees inundaron las redes y las calles de medio continente. Muchas ciudades redoblaron sus esfuerzos para abrir una ventana de esperanza y dignidad con la acogida de las personas refugiadas. Las reacciones de los responsables de las instituciones de la UE tampoco tardaron en llegar. El presidente del Consejo de Europa, Donald Tusk, exigió esfuerzos para no convertir la “solidaridad en un eslogan vacío”. Con ello, en pocos días se multiplicaron por cuatro los refugiados que Europa estaba dispuesto a acoger. En el Reino de España, la propia  portavoz del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, aceptó “la cifra de la cuota sin reticencias”.</div>
<p>Un año después, ¿qué ha pasado con todo eso? El balance es decepcionante. Lo que parecía un cambio de paradigma no era más que un espejismo que iba a ocultar un cúmulo de compromisos incumplidos. Las cifras no engañan. Con el actual ritmo de reubicaciones se tardaría 43 años en hacer efectivas las promesas realizadas con la foto de Aylan de telón de fondo. Es más,  donde antes había llamadas a la “solidaridad”, ahora hay declaraciones con tintes abiertamente xenófobos. <em> “No vengáis a Europa. No creéis a los traficantes. Ningún país europeo será un país de tránsito”</em> son las palabras del propio Donald Tusk apenas seis meses después. Eso sucede mientras los partidos de extrema derecha ganan posiciones e incluso acceden al poder. Sus buenos resultados en los últimos comicios europeos, de hecho, no tienen precedente. La cuestión no se acaba aquí. Con el pacto migratorio firmado con Turquía, la Unión Europa sella definitivamente sus puertas a los refugiados sirios que huyen de los bombardeos y las ciudades en ruinas. En su afán por blindarse, Europa abdica del deber humanitario de asilo exigido por el derecho internacional. De quienes se encuentran bloqueados en Grecia a la espera de su deportación. O de aquellos que todavía no han podido cruzar al interior de la UE. Esa pasividad, ese abandono de sus obligaciones frente a la emergencia humanitaria es una grave ofensa. No solo de los  Derechos Humanos, también del imperativo moral surgido tras la muerte de Aylan. En ese contexto, quedarse de brazos cruzados no es una opción. Las ciudades y los municipios son el dispositivo clave que asume el reto de acoger a los refugiados, pero en el Reino de España no participan en las políticas de asilo ni reciben financiación para hacerlo. A pesar de esto, ciudades como Barcelona han demostrado que con firmeza y voluntad política se puede plantar cara. En los últimos meses, hemos puesto en marcha un ambicioso Plan integral. Con él se garantiza una atención digna a los cientos de solicitantes de asilo llegados a la ciudad pero que quedan fuera de los parámetros del Plan Estatal. Lo cierto, sin embargo, es que el drama humanitario es de tal magnitud que eso no es ni será suficiente. Resulta imprescindible volver a rearmarse. Hay que poner el foco en la responsabilidad de gobiernos como el español. Exigir que cumplan con la legalidad internacional. Para hacerlo, será necesario convertir las cámaras legislativas en auténticos campos de batalla. Las <em> Ciudades Refugio</em>, las entidades de derechos humanos y la ciudadanía en general tenemos una gran responsabilidad. No podemos permitir que el <em> Welcome Refugees</em> se convierta en un lema para limpiar consciencias. Debemos tejer una red ciudadana desde la calle hasta las Ciudades Refugio que movilice y, si hace falta, no dude en ejercer acciones de desobediencia civil. En realidad, el imperativo categórico que nos llega de Aylan está plenamente vigente. Su recuerdo nos señala con el dedo. A nosotros, sin duda. También, pero, a las decenas de personas que como él perdieron su vida intentando cruzar una frontera. Sus gritos ahogados nos recuerdan que, como señalaba Chesterton, el mundo no es más que “los restos de un naufragio”.</div>
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		<title>El odio en tiempos de crisis</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Mar 2016 12:10:34 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Articles El Pais]]></category>
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		<category><![CDATA[Refugi]]></category>

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		<description><![CDATA[En Sudáfrica, hoy hace 56 años la policía abría fuego contra una concentración anti-apartheid. Causó 69 muertos, 400 heridos y más de 1.000 detenidos. En recuerdo de la “matanza de Sharpeville”, la Asamblea General de la ONU proclamó esa fecha como el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. A pesar de ese [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>En Sudáfrica, hoy hace 56 años la policía abría fuego contra una concentración <em>anti-apartheid</em>. Causó 69 muertos, 400 heridos y más de 1.000 detenidos. En recuerdo de la “matanza de Sharpeville”, la Asamblea General de la ONU proclamó esa fecha como el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. A pesar de ese tipo de gestos, o quizás por ello, no pocos europeos se sienten inmunes al contagio de prejuicios y discriminaciones. La percepción de que esa lacra pertenece al pasado, o a otros continentes, está fuertemente arraigada en la conciencia de ciertos sectores sociales. Los hechos, no obstante, parecen refutarlo.</p>
<p>En realidad, el imperativo categórico que nos llega de la “matanza de Sharpeville” cobra hoy en día plena actualidad. Tras cumplirse setenta años desde la liberación del fascismo, el viejo fantasma de la intolerancia cabalga de nuevo por el continente europeo. Se inflama con mensajes patrióticos que priman a nacionales frente a extranjeros. Se aprovecha del miedo para apuntalar el férreo bloqueo a quienes huyen con la esperanza de una vida mejor. Con todo tipo de dispositivos. De decenas de centros de internamientos por toda Europa; de campos inhóspitos de refugiados hacinados; radares, sensores, muros y alambradas; gases lacrimógenos en la frontera; uso de narcóticos y camisas de fuerza en las repatriaciones; vigilancia constante en los metros y aeropuertos; detenciones indiscriminadas y recortes de derechos. Y más de 3.000 personas muertas durante la travesía marítima a Grecia e Italia en la peor catástrofe humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial.</p>
<p>En tiempos de crisis, crece la xenofobia. Lo dice la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia en sus informes, cuando denuncia discriminaciones masivas contra la población extranjera. Un ejemplo de ello son los ataques contra los autobuses y centros de acogida de refugiados. Las urnas también muestran esa tendencia. Los buenos resultados de la extrema derecha en los últimos comicios europeos no tienen precedente.</p>
<p>Los vientos más fríos vienen del este. En Polonia, por ejemplo, el partido Ley y Justicia llega al poder con un discurso de nacionalismo, catolicismo y xenofobia. En Hungría pasa algo similar. El primer ministro aspira a recuperar la pena de muerte y salvar las “raíces cristianas de Europa”, en un clima de hostilidad contra gitanos, musulmanes y judíos. La viralidad de esa pócima indigesta se expande también por las venas de la Europa Central. El Frente Nacional francés, el Amanecer Dorado griego o el FPÖ austríaco ganan terreno en países con larga trayectoria democrática. En Holanda, sin ir más lejos, la ultraderecha trepa en todas las encuestas con propuestas como la prohibición del Corán. En Francia, la papeleta de Le Pen se convierte en la más votada en los comicios regionales. En Dinamarca, se aprueba por amplia mayoría una ley para “desvalijar” a los refugiados. Y en Alemania, el auge de la extrema derecha en las elecciones regionales plantea dudas sobre la continuidad de su política de acogida.</p>
<p>Los partidos del odio envenenan el debate público y arrastran a los partidos tradicionales a posiciones cada vez más cercanas a las suyas. Unos y otros saben que colocar los focos sobre los más vulnerables, presentándolos como los principales culpables de la inseguridad en los barrios, de la quiebra del Estado del Bienestar o de la falta de empleo, puede ser un recurso útil. En primer término, para obtener votos en medio de una crisis económica que ha empobrecido a las clases medias europeas y ha dejado en la extrema pobreza a parte importante de la sociedad. En segundo lugar, para absolver a los verdaderos responsables de la crisis. En el fondo, tanto Bruselas como los propios gobiernos europeos parecen más dispuestos a utilizar a los migrantes como chivo expiatorio, como amenaza latente, que a impulsar una alternativa enfocada hacia la garantía de sus derechos.</p>
<p>Vista desde esa perspectiva, la entrada en vigor ayer del acuerdo con Turquía resulta de lo más banal. Una simple copia del alcanzado con Marruecos para la frontera sur. Con ello, la Unión Europa sella definitivamente sus puertas a los refugiados sirios que huyen de los bombardeos y las ciudades en ruinas. En su afán por blindarse, Bruselas abdica del deber humanitario de asistencia exigido por el derecho internacional. Esa pasividad, ese abandono de sus obligaciones frente a la emergencia humanitaria, se revela también como una muestra de fría insolidaridad, de desprecio ante el sufrimiento y la muerte.</p>
<p>Con ese pacto, Europa se arroja a los brazos de la xenofobia y repite su historia, inequívocamente en forma de tragedia. La pone a prueba en muchos sentidos. También en la dignidad moral de esa vieja dama que se muestra impotente ante la barbarie que ahora producen sus fronteras. En ese contexto, el imperativo ético y político de los tiempos por venir no puede ser otro que rescatar los ideales con los que fueron construidos sus cimientos. Los de una larga lucha contra el fascismo, el racismo y el odio. De los miles de refugiados republicanos que huyeron del franquismo. De los miles de europeos que salieron este sábado a la calle. Para pedir vías y estancias seguras para los refugiados. Para recordarnos quiénes somos y de dónde venimos.</p>
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